Los problemas de la Amazonía peruana pueden explicarse desde varios ángulos; depende de cristal con el que se mire hacia el oriente. Podemos asumir que los levantamientos y las protestas son nada más que un complot internacional que incluye a Morales, Chávez y los izquierdistas caviar de las ONGs internacionales que tanto daño le hacen al Perú. Podemos, en cambio, sugerir que este es el levantamiento indígena que el Perú ha venido esperando –un levantamiento justo que le dará vuelta a las relaciones de poder nacional. Cada uno con su opinión.

Pero no podemos dejar de reconocer que algo no tiene sentido. Por un lado, la democracia parece haberse asentado, la economía continúa creciendo, hasta el FT nos ha dedicado una portada (bueno, a Gastón). Pero por el otro, las huelgas no han parado, los levantamientos siguen siendo tan populares hoy como en la época de Toledo, y los niveles de desigualdad siguen alzándose.

Este no es uno de esos casos de ‘en el Perú solo se cuecen habas’. En buena parte del África, donde las elecciones vienen y van, las demonstraciones de violencia ante el más mínimo desacuerdo entre tribus o grupos económicos o sociales cobran muertes a diario. En Tailandia, el ejemplo de la región, los turistas no han tenido una noche de descanso desde hace más de un año.

Hasta en el Reino Unido, los votantes se han revelado y buscan alternativas en partidos o procesos marginales.

Alan García tiene razón: hay intereses políticos detrás de los levantamientos y la violencia en Bagua. Pero esto no tiene nada de malo. La política no es propiedad de los políticos; ellos son, meramente, nuestros representantes ante las instituciones democráticas del Estado. Lo político y la política son nuestros. De todos.

¿Democracia y violencia? En lugar de enfocarnos en la violencia deberíamos prestar atención a la democracia. En el Perú, como en buena parte de la región, la democracia se entiende como ‘votos’. Nada más. Lamentablemente esto no es democracia. Hay otros factores y otros procesos que son igualmente necesarios. Entre estos, los partidos políticos juegan un rol sumamente importante.

Los partidos políticos existen, nos guste o no, para 1) agregar las opiniones, intereses y visiones de diversos grupos o sectores de la población, 2) desarrollar y promover programas de gobierno (oficiales o de oposición) y 3) desarrollar y suplir al gobierno de nuevos políticos y servidores públicos (actúan de canteras de cuadros).

En el Perú, los partidos políticos son odiados. Nadie los respeta. Nadie los considera interlocutores legítimos. Sin embargo, cada vez que toca votar, no nos queda otra más que elegir al menos peor. Nos gusten o no, los partidos políticos son los actores centrales del sistema político que nos gobierna. Con partidos débiles, no podemos esperar nada más que un sistema débil. Y un sistema débil es inestable e incapaz de identificar riesgos y buscar soluciones sostenibles: como la que es necesaria en el caso de la Amazonía.

Mirko Lauer, en la República, sugiere que lo que es necesario en este caso es una solución de largo plazo y que por lo tanto el modelo de resolución de conflictos que el gobierno ha venido utilizando por casi una década ha llegado al fin de su vida. (Y el modelo de represión que vino antes es anacrónico.)

El modelo que sí funciona existe; y lo tenemos a la mano: Reforzar a los partidos políticos para que estos puedan llegar a todos los rincones del país, en especial a las zonas más rezagadas y conflictivas como esta. Hay que transformar a los movimientos indígenas en partidos políticos modernos –o incorporarlos a los partidos ya existentes.

De no hacerlo, el modelo que nos espera es el boliviano, donde la participación directa y la democracia representativa llevan años de enfrentamientos. O la tribulización de la política al estilo del África subsahariana.

Las barreras son obvias (en mi opinión) y son las mismas que las que impiden que tanto los partidos existentes como los organismos del Estado sean capaces, hoy, de responder al urgente problema de la inequidad. Un sistema político estable le conviene al Perú pero no a los que nos gobiernan hoy. En los últimos veinte años, los líderes políticos han sido más o menos los mismos. Un sistema más estable castigaría a los corruptos y a los incapaces; identificaría y promovería a nuevos líderes; establecería incentivos para la generación de planes de gobierno alternativos (de oposición) y de Estado (de largo plazo); y premiaría las decisiones basadas en evidencia por sobre aquellas basadas en ideología.

Claro que un sistema estable es como una población educada: difícil de manipular.

 

Lo de Bagua es un tema político. La posición del gobierno es política. Y las demandas y condenas de violaciones de derechos humanos (que vendrán), serán políticas, también. Y la solución, inevitablemente, será política.

¿Qué mejor que una solución de largo plazo sobre la base de un sistema que tenemos?