De paso por el Perú esta navidad decidí darme un gusto e ir a cuanto restaurant pudiese. Dos matrimonios seguidos y poco trabajo por hacer en Lima me dieron un hambre enorme y el tiempo para saciarla. No hay duda que Lima es la nueva capital gastronómica de las Américas, cómo ha dicho ya muchas veces el New York Times y otras publicaciones influyentes de la región. Y a mí no me queda duda que sea la nueva capital gastronómica del mundo. No me importa cuanto puedan insistir los ingleses que en Londres se puede comer comida de todo el mundo o que en Tailandia la comida es fresca y deliciosa, ni le puedo hacer caso a los indios que insisten que su cocina es variada y rica en especies o a los etíopes que se rehúsan a comer otra comida que no sea la suya. El hecho es que no hay nada más rico que la comida peruana (con obvias excepciones –porque todos las tenemos).
Pero en este viaje sentí algo que no sentía en 6 años de viajes a Lima. Qué caro está todo. Bueno, no todo –pero sobre esto más abajo. La calidad de la comida sigue en subida en los mejores restaurantes limeños (y cusqueños) pero también están en subida los precios. Demasiado diría yo.
En general casi todo lo que se compra en la Lima de Gastón y de los Plevisani ha subido de precio. No un poco sino un montón. Ya no se siente el gusto de saber que en el Perú se come bien y a precios normales. (Y no es que pida precios anormalmente bajos como los de Bolivia –donde los precios son realmente un regalo y una fantasía desde cualquier punto de vista.)
Pero el problema no es, realmente, el precio. En Lima, en los últimos años, hay gente que los paga. Y hay suficientes limeños yendo al Cusco para pagar los precios de algunos restaurantes ahí. El problema es que el menú de cinco soles en el centro –o el de dos cincuenta en el mercado del Cusco- se sigue vendiendo tal cómo se vendía hace casi una década. En el Cusco el taxi sigue costando dos soles por carrera. En Lima, el cuidacarros sigue pidiendo un sol por no rayarte el carro en San Isidro. Una vasta de pantalón sale diez soles, una pedicura en Chacarilla no cuesta más de treinta soles.
El problema es que con la subida de precios se ha hecho evidente la brecha entre los que comen en Astrid y Gastón y los que comen en una carretilla. Gastón ha hecho lo posible llevarle a la carretilla a San Isidro (aunque recuerdo más de una hamburguesa royal de cinco de la mañana en alguna carretilla en Barranco a sol cincuenta antes de la era Gastón) pero alguien debería haberle llevado por lo menos la propina que ahora dejamos en los restaurantes de San Isidro a las carretillas.
El camino a las playas de Asia es lo mismo. No ha cambiando nada salvo esa nueva colonia en el desierto. Una suerte de Nuevo San Isidro al sur de Lima que actúa más como un satélite de San Isidro que un motor de cambio local. Mala y los pueblos que naturalmente habrían abastecido a los residentes de las playas de Asia siguen cómo hace veinte años; pobres. Claro, hay más plata, pero solamente en las nuevas haciendas y las playas del otro lado de la carretera. Las barriadas que han aparecido de pronto (y que en los últimos tres años han pasado de esteras a tres o cuatro pisos de concreto y ladrillos) son testimonio de esa separación entre los que tienen y los que no tienen nada.
Y qué lástima porque en el aumento histórico de la riqueza en los últimos ocho años había suficiente para que el crecimiento fuese más parejo. Mala pudo convertirse en un centro de producción y consumo regional. Pude ser el verdadero motor de crecimiento de la región. ¿Qué son cinco minutos en el carro para ir a Wong en Mala en vez de en el ‘boulevard’ de Asia?
Ahora que se viene la crisis puede ser un poco tarde para las iniciativas anti-inequidad. Ojalá que no.




