Cuando me enteré de la renuncia del Ministro Valdivieso el lunes por la noche (en Londres –las maravillas de la comunicación instantánea por msn) pensé, por un segundo, casi, que podría deberse a la noticia que salió el fin de semana sobre el fracaso de la política económica en el campo de la lucha contra la pobreza y la inequidad. Pero no podía ser. La renuncia tiene que vas más con la política (pública o privada) que con las políticas.

Vale la pena, sin embargo, repasar la historia que importa –ya no para Valdivieso pero sí para Carranza.

Un poco de números. Hemos vivido 90 meses de crecimiento económico: 32% desde el 2002. A nadie parecerse caberle la menor duda. El ingreso promedio en los hogares limeños del sector socio-económico A es de S/.12,000 (cerca de US$4,000). El ingreso agregado de este sector, que constituye el 5% de la población limeña) fue de S/.1,332 millones. Esto es 18 veces más que lo que ganó el sector E, que constituye el 40%.

Esta diferencia se siente mucho más cuando vemos que desde el 2004, en pleno boom, Huancavelica ha visto el porcentaje de pobres crecer de 84%  a 85 %. La ciudad de Huancavelica, para los que no han ido, sobrevive gracias a los trabajos públicos de los que depende la gran mayoría de la población y, en parte, de las limosnas de las minas de Buenaventura que, de alguna forma u otra, han reemplazado al Estado como el proveedor de servicios básicos.

Huancavelica es uno de esos sitios que no han visto los beneficios del boom. Y, hoy, Huancavelica no es el departamento más pobre.

La triste realidad del milagro peruano es que, como la virgencita que lloraba, tiene poco de milagro y mucho de engaño. Durante los últimos años nos hemos acostumbrado a la consigna oficial de que estamos bien. Que estamos mejor. Que hay más plata. Que hay tanta plata que todos se van a beneficiar a la larga.

Mientras había plata era fácil decir que todo estaba bien y que el modelo funcionaba. ¿Quién podía quejarse? Lo único que podíamos decir era que no todos se beneficiaban de la misma manera –pero que todos se beneficiaban de alguna manera. Ahora parece que, de acuerdo a las cifras (y al Banco Mundial hace de la voz de la conciencia –¿a dónde hemos venido a parar?) la cosa no cambió y hasta empeoró para muchos peruanos. Durante el 2007, el sector E sufrió una inflación de 8.2%, 3 veces mayor que la del resto de los peruanos.

El Perú, hoy, todavía se precia de ser la única economía que sigue creciendo en la región. El plan anti-crisis promete salvarnos de la crisis y protegernos hasta que pase la tormenta. Es posible. Tenemos reservas de sobra para mantener los niveles actuales de consumo.

El problema, es que los niveles actuales de consumo o de crecimiento no han servido para romper con la trampa de la pobreza a la que estamos atados. El Banco Mundial, en su reporte de círculos viciosos y virtuosos, demostró que sin una reducción significativa de la pobreza el crecimiento, por más elevado que fuese, no sería suficiente para reducción de la pobreza. ¿Se entiende? Es decir, para reducir la pobreza hay que atacar a la pobreza directamente A LA VEZ que se busca generar crecimiento. Esto es lo que se llama crecimiento pro-pobre. Es decir, crecimiento vinculado a actividades que ofrecen puestos de trabajo para los más pobres y los menos capacitados, que protege y promueve los derechos de los más vulnerables, que lleva y abre mercados en regiones y a poblaciones aisladas y rezagadas, y que permite o fomenta el desarrollo de la democracia, entre otras características.

Esto no es lo mismo que aumentar el presupuesto dedicado a los llamados sectores sociales. En el Perú, un país de ingreso medio, en desarrollo, toda la política debe apuntar a la reducción de la pobreza y la inequidad. Actualmente, los programas sociales están cubriendo los costos que la política económica le genera a los pobres. ¿No sería mejor una política económica (o minera o energética o comercial o agrícola, etc.) que evite que los pobres paguen más a causa de la inflación o por costos elevados de transporte o porque es más caro comprar agua de camión que de cañería, por ejemplo? Así nos olvidaríamos de la política social para más de la mitad de la población –esto no tiene sentido: la política social debería ser para un grupo minoritario y necesitado de ayuda especializada.

El problema es que la plata en el Perú, en realidad, es plata en Lima. Y no toda Lima, sino en una pequeña parte de la ciudad. Esa plata viene, sobretodo, de las minas y circula entre unos pocos bolsillos, billeteras y carteras. De a pocos gotea pero no lo suficiente. Ya aprendimos, en el sector A, a cerrar bien los caños. Pagamos S/. 50 por una ensalada en uno de los nuevos restaurantes de Lima sin mirar la cuenta; pero regateamos hasta el último centavo cuando le compramos 10 caramelos de limón a un anciano parado en la esquina.

El reto del nuevo viejo ministro de economía ya no es mantener la estabilidad macroeconómica. Tampoco es atacar promedios: de nada sirve saber que el ingreso promedio en el Perú se ha disparado, lo importante es saber que para millones de peruanos el ingreso real ha caído. El reto es rediseñar el modelo para que sea efectivamente pro-pobre.

Las reservas, si se van a gastar, deben gastarse en inversiones en las zonas más rezagadas, asegurando un consumo mínimo para los más pobres, fortaleciendo cadenas de valor locales con pocos vínculos a mercados rentables, promoviendo la voz y los derechos de los más pobres (por lo menos para que no busquen formas violentas de participación), y el desarrollo del capital humano de los más pobres y menos capacitados para las pocas oportunidades que hoy existen.

Esto les conviene a todos (y no es necesario hablar de derechos humanos). Al gobierno le conviene porque buena parte de la impopularidad del Presidente García se debe a este olvido de la mayoría de los peruanos. A la oposición, porque la crisis (y sobretodo una crisis que ataque a los más pobres más severamente) generará descontento en el sistema político en su totalidad. Al sector privado, porque el desprestigio del sistema político (aún más) generará inestabilidad política y económica; pero sobretodo porque sin este tipo de políticas es imposible pensar en un sector privado peruano competitivo (actualmente, solamente una minoría de peruanos participa en el mercado formal y ya las empresas peruanas han empezado a notar que se está acabando la mano de obra calificada y el mercado nacional –o sea que no pueden vender más en el Perú ni exportar tanto como quisieran).