Publicado en Peruvian-Americans.tv
En un bar en Boston, en la esquina de Washington Av. con Beacon Street, la Beacon Tavern, conocí a Ana Krause. La conocí como se conoce la gente en los bares: tomando cerveza en la barra y empezando una conversación casual. No recuerdo bien como arrancó la tertulia, si recuerdo que derivó en espacios intelectuales que no tenía previstos durante un día seco de semana, probablemente martes. Ana Krause era de esas personas que a su corta edad, (no la revelo para no pecar de indiscreto, aunque sé que ella esas cosas no le molestan en absoluto) había desarrollado un conocimiento inusualmente profundo, detonado por experiencias propias y ajenas, sobre la psicología y comportamiento humano. Ana Krause no era sicóloga, mucho menos filósofa o socióloga. Era un mujer inmersa en el mundo de las ciencias numéricas. ¨Sin embargo¨ me dijo, ¨estas ciencias no son más que la expresión cuantificada del comportamiento humano¨, y allí, cuando me lo dijo, saltó esa pasión infantil que se ve en los niños con frecuencia, pero que rara vez es tan intensa en adultos. Ana Krause era apasionada en todo lo que decía y hacía, y así empezamos a hablar por horas, iniciando un camino laberíntico y lunático de floros de los cuáles extraigo algunas enseñanzas para compartir con ustedes.

Hace algunas entradas hablé de Forrest Gump y la necesidad de la simplificación en nuestras aspiraciones para ser más felices. Le premisa es sencilla: las personas que ponen la valla muy alta en la vida, sea en el campo emocional, laboral, monetario, o en sus simples exigencias e interacción con los demás, tienen mayor probabilidad de frustrarse y decepcionarse. La correlación es directa: A mayores expectativas, mayores frustraciones ¿Porqué mejor no bajar un poco los estándares? Hace algún tiempo leí un libro que recomiendo por útil y ligero. Se llama apropiadamente el ¨Underachievers Manifesto¨ El título adelanta su contenido, que va en la línea de lo que digo en líneas arriba. Lo que me quedó rondando entre las sienes era ¿cómo saber en nuestro afán de simplificarnos si no estamos siendo mediocres? ¿No es acaso bueno tener ambiciones grandes? ¿Pensar en grande? ¿Aspirar a lo mejor y a ser el mejor? Ahora que tenemos las Olimpiadas frescas ¿No es acaso deseable, valorado y reconocido ser el primero? Consulté muchas de esta pregunta a mi querida Ana Krause, quien rápidamente adquirió la investidura de terapeuta y confidente. He aquí la sabiduría compartida. Tomó el último sorbo de cerveza a ese vaso ya casi vacío. Era el tercero. ¨Fíjate que bajar la valla y ponerse metas alcanzables es fundamental para que con esos pequeños logros, vayas fortaleciendo el autoestima y la seguridad de que puedes hacer cosas. Le dije eso una vez a una amiga que competía mucho con sus hermanos y se comparaba con ellos siempre en lugar de buscarse sus propios logros.¨ Hasta allí llegué yo, pensé. Entonces le provocó un cigarrillo pero como en Boston está prohibido fumar en lugares cerrados salimos a la calle. Para nuestra suerte era verano. Tomó el pucho entre sus manos finas y lánguidas. Fumaba con intensidad. ¨Pero hay algo fundamental, y es que debes poner las metas en aquellas actividades en las que, hacer la vaina te produzca placer.¨ Mi cabeza hizo Eureka. “Mira muchas veces confundimos el resultado, la meta, y el reconocimiento con lo que pensamos es la felicidad. Sin embargo esa cosa nebulosa y esquiva no te la da alcanzar el objetivo, sino más bien el proceso en el que te metes para llegar al mismo. Picasso dijo una vez, “si sé exactamente qué voy a hacer, ¿cuál es el propósito de hacerlo? Creo que es en ese descubrimiento, en ese hacer donde hallamos el placer verdadero, más que en lo otro que además no solo depende de nosotros, sino de las aprobación de los demás. Y qué jodido delegar tu felicidad en el reconocimiento de gente que ni te conoce”. El abogado, el banquero, el médico, el artista que están en su profesión solo por el dinero o la fama, la terminarán detestando, haciéndola mal, haciéndole mal a otros, ya que el dinero y la fama, pueden o pueden no llegar. ¨Muchos mi estimado, son los casos de personas que soñaron con alcanzar metas pensando que en ellas hallarían todo lo que les falta. El marido perfecto, la carrera perfecta, la casa perfecta, los premios, el Oscar, la medalla de oro. Sin embargo, si alcanzan la meta se dan cuenta que… nada ha cambiado. El vacío sigue allí... Siguen siendo los mismos¨, me dijo Ana Krause entre aureolas de tabaco. Entonces viene la devastadora pregunta ¿Y ahora qué? Allí es cuando llegan las crisis. El cigarrillo acabó de consumirse y así nos metimos nuevamente a la Taverna a continuar con la tertulia. Horas después Ana Krause partió para su pequeño departamento en Cambridge, allí cerca de Harvard Square, no sin antes quedar en reencontrarnos el siguiente martes para seguir con la tertulia.
Meses después me contaron de una entrevista que hiciera Marco Aurelio Denegri, un conocido, multifacetico y ácido entrevistador peruano, al cineasta Armando Robles Godoy. Denegri, un sabido ¨infeliz¨ no por desgraciado, sino por ¨no-contento¨ atacó a Godoy de ser extremadamente risueño. Reproduzco la conversación que no debe ser tomada literal, sino como un ejercicio de ficción para aumentarle ají al texto. ¨ ¿Cómo puede ser que andes siempre tan contento, si nunca has hecho tu gran película, y en donde casi todo tu trabajo ha sido mediocre?¨ En pocas palabras, Denegri le gritó ¨ ¡fracasado del demonio, sé infeliz!¨ La respuesta de Godoy fue sabia. Sin parar de sonreir, como un monje shaolin, repuso al ácido de Denegri. ¨Yo sé que nunca he hecho una gran película, que probablemente a mi edad ya tampoco la haga, y que a los ojos de algunos pueda ser un fracaso, pero sin embargo me río, porque en cada uno de esos fracasos, disfruté intensamente cada minuto de lo que hacía.¨