Hace casi un año, murieron 600 peruanos; quedaron heridos más de 1,000; y cerca de 70,000 familias fueron afectadas en el sur chico. Unos meses después, tras unas coordinaciones entre en Overseas Development Institute, el Consorcio de Investigación Económica y Social (CIES) y el Departamento para el Desarrollo Internacional (DFID) del Reino Unido, conseguimos unos fondos para llevar acabo un estudio de lecciones aprendidas sobre la respuesta a la emergencia.
El estudio fue un ejercicio novedoso en el Perú. Involucró una serie de entrevistas con damnificados y autoridades públicas y privadas –así como eventos de consulta y validación en las zonas damnificadas y en Lima.
Los principales resultados del estudio realzado por
En general, el estudio encontró que la repuesta fue exitosa en el sentido que los heridos fueron movilizados casi de inmediato y no hubo brotes de enfermedades infecciosas. Pero esto se logró gracias a la participación de un gran número de actores incluyendo a la sociedad civil, los organismos internacionales, el sector privado y el Estado.
Sin embargo, el estudio también identificó problemas importantes en la forma que el Sistema Nacional de Defensa Civil (SINADECI) respondió a la emergencia y la forma en la que el proceso de reconstrucción se va desarrollando.
Como parte del proceso de descentralización las responsabilidades por la repuesta pasaron a los gobiernos locales. Sin embargo, estas responsabilidades ni fueron acompañadas por las capacidades necesarias para responder de manera oportuna. Esta falta de preparación conllevó a errores que fueron explotados por los medios y que devino en una posiblemente exagerada respuesta del gobierno central. En lugar de reforzar al SINADECI y los gobiernos locales, el gobierno central creo un sistema paralelo bajo el mandato directo del Presidente y algunos ministros.
Esta respuesta llevó a la politización de la respuesta y los problemas que todos vimos: concentración de la ayuda en las ciudades, su cooptación política partidaria y los enfrentamientos entre los gobiernos locales y el gobierno central.
Estos problemas se repitieron en el proceso de reconstrucción con la creación del FORSUR.
En general, el principal problema de la respuesta a la emergencia y la reconstrucción ha sido la exclusión de los grupos más vulnerables. Las poblaciones rurales más alejadas fueron las últimas en recibir ayuda.
Los éxitos se debieron a que algunas organizaciones (y no individuos como algunas personas gritaron a todas voces en los medios nacionales) privadas y de la sociedad civil llevaron a cabo acciones concretas basadas en una larga trayectoria y procesos de aprendizajes como estos. Las Naciones Unidas y las ONGs internacionales pudieron, en pocas horas organizar matrices de acción y coordinar acciones con empresas privadas que ofrecieron servicios especializados de logística a manera de donaciones en ‘expertise’.
Esto no fue reconocido en su momento. En aras de atacar a las ONGs muchos comentaristas y políticos perdieron la oportunidad de aprender de una larga tradición de trabajo. Si hubiesen prestando atención, habrían leído las lecciones aprendidas del Tsunami en el Asia (2005) y el terremoto en Pakistán (2006). Estas lecciones habrían salvado muchas vidas y ahorrado millones durante la reconstrucción.
Es imposible asegurar que todas las lecciones habrían salvado todas las vidas. Pero no debemos tenerle miedo a aprender.
Hace un año, la embajada del Perú en Londres me llamó a preguntarme por contactos en DFID. Estaban buscando ayuda para los damnificados. La respuesta del gobierno británico fue preguntar por el plan o estrategia de respuesta. No había tal. Había acciones, donaciones, llamados, noticias, pedidos, etc. Pero no una estrategia reconocible como tal. Por ello esperaron a que las Naciones Unidas prepararan su propio plan de respuesta.
Este estudio debe servir para que la próxima vez (y va a haber una próxima vez –vivimos sobre la falla de Nazca) la respuesta sea la mejor posible. Ni más ni menos.




