Hoy por la mañana tuve que apagar la radio del carro cuando el Presidente García empezó a defender a la China frente a las atrocidades cometidas en el Tíbet. Ya había jalado economía 1 con su discurso sobre la economía mundial, el crecimiento, la inflación y las medidas necesarias para controlarla. Pero lo de la China, fue mucho.
En El Comercio de hoy, sus argumentos quedaron plasmados para la historia. Podemos asumir que habiéndolos escrito, estos son argumentos bien pensados.
Estoy de acuerdo con el Presidente García que existe un ‘establishment’ mundial que conspira contra China ante su evidente invasión de los espacios antes ocupados, sin amenaza, por ese ‘establishment’. Y estoy de acuerdo con él sobre la estrategia de inversión y comercio de la China que, es cierto, trata con todos –sea quien sea.
La China comercia con el Perú, pero también con Sudan y con Zimbabwe.
Empiezo por la parte sosa e inocua que El Comercio decidió resaltar en la edición impresa: “Todos sabemos que desde hace tres mil años esos juegos detienen todas las guerras…” Quiero pensar que es la manera diplomática del diario de decirle al presidente que nada más en su artículo vale la pena mencionar.
García parece apostar a que el siglo viene es el siglo de la China y que sus antiguos amigos del norte dejarán de ser los matones de turno. Claro que esta es la apuesta más segura que puede hacer cualquiera. No hay que ser un genio para saber que la cosa se mueve hacia oriente. El problema de García es que se siente más importante de lo que es y se ha adelantado al zeitgeist.
A los chinos se les critica mucho. Entre muchas cosas, que sus inversiones y apoyo a ciertos gobiernos contribuyen a la depredación medioambiental (pero esto, ya sabemos, no es urgencia ni interés para el Presidente García) y apoyan a dictadores –en algunos casos, genocidas. En su momento, occidente jugó ese rol. Pero hoy, no. No abiertamente. No es, ya no, moralmente aceptable. El realpolitik es anacrónico como discurso.
Los levantamientos en el Tíbet no son coincidencia (sí noté el sarcasmo, eh). Los amagos de Taiwán no son coincidencia. Las protestas de Spielberg y sus amigos no son coincidencia. Y las protestas que veremos durante los juegos olímpicos por parte de atletas de varios países no serán coincidencia tampoco. Todos están calculados para causar el mayor daño posible a la imagen del gobierno chino. Y ha tenido resultado.
La presión de los medios ha logrado que la China levante la censura sobre la página de la BBC. Los chinos ahora podrán leer lo que sucede en otras partes del mundo. Y lo que sucede en otras partes de la China (ese mundo).
El problema de fondo no es saber quien está detrás de todo esto. Las víctimas y los enemigos de la China están detrás. Con sus intereses legítimos e ilegítimos. Eso es irrelevante. La China es, le guste al Presidente García o no, un Estado Totalitario en el que el desarrollo de unos se paga con la sangre de otros. Es una de las economías más desiguales del mundo. Los ricos son inimaginablemente ricos y los pobres son apenas seres humanos. Es, sí, un país milenario. Pero no es un pueblo. Está compuesto de gente que no parece ‘china’. Gente que no ha visto García en sus viajes a la China. La gente que no habla chino y que no disfruta ni disfrutará de los beneficios de los relativamente pocos que se han beneficiado hasta hoy.
Este es el modelo que le gusta al presidente. Crecer, crecer, crecer. De los pobres que se ocupe Dios.
El problema de fondo es que nuestro presidente –por dónde lo miremos, un hombre capaz, y capaz de entender y hacer lo correcto- ha decidido hacer algo que nadie se ha atrevido hasta hoy. Ni los presidentes de los países africanos que tanto más se han beneficiado de las inversiones chinas que el Perú (incluyendo tecnologías para el control del flujo de información y las comunicaciones –África está llena de técnicos y especialistas en este tema; a cambio de licencias y concesiones). Alan García ha defendido las violaciones de derechos humanos del gobierno Chino. Su artículo es, por ponerlo de alguna manera, apología a las políticas chinas de control y represión.
Apostemos que la China será el motor de crecimiento económico mundial por varias décadas por venir. Pero apostemos a que su crecimiento no será acompañado por más de lo mismo sino por cambios positivos en el mundo. Lo que está en juego no son los campos o las distribuciones o algo así que escribió el presidente, sino avanzamos o retrocedemos.
Lo que está en juego es si avanzamos y condenamos la represión de cualquier tipo y cualquier bando en el Perú; o la defendemos.




