En momentos de emergencia y desastre como el que se vive actualmente se suele ver lo mejor y lo peor de las personas. Lamentablemente, los dos efectos inmediatamente discernibles del terremoto fueron bastante ofensivos. El primero fue la caída de las redes telefónicas. Muchos dirán que es normal y hasta previsible que en caso de desastre se tenga una situación así, sin embargo no lo es tanto. En los atentados del 11 de septiembre el uso de celulares fue restringido, pero igualmente importante. Tanto así, que se registraron llamadas de personas desde Las Torres que se comunicaron con sus familias por última vez. De la misma forma, personas realizaron llamadas desde el cuarto avión (tanto de celular como de los teléfonos del avión). Las líneas estuvieron congestionadas, por supuesto, pero el sistema telefónico funcionaba. La mayoría de empresas de comunicaciones, con esto en mente, bloqueaba un porcentaje de llamadas entrantes a NY y priorizaban llamadas locales y de larga distancia salientes (incluso AT&T dejó de cobrar por estas). Naturalmente, los servicios de emergencia contaban con circuitos independientes y siempre abiertos. Y esto es considerando que muchas celdas y cables telefónicos estaban dentro de Las Torres.

En Lima no hubo servicio telefónico medianamente normal hasta el día siguiente al terremoto. Los celulares prácticamente dejaron de funcionar en todo el Perú. La respuesta de Telefónica es bastante vergonzosa, básicamente argumentan que si todas las personas que pagan por su servicio celular lo usan al mismo tiempo la red colapsa. Para algunos esto todavía puede considerarse una premisa normal, pero evaluémosla desde una perspectiva un poco diferente. Qué pasa si uno decide comprar un boleto de avión y cuando llega al aeropuerto se entera de que no hay sitio. ¿Aceptaremos como respuesta “bueno, si todas las personas que compran un boleto para este vuelo vienen, naturalmente no habrá sitio”?. Definitivamente no, esperaremos una compensación económica (que es normal en casos de sobreventa y usualmente equivalente a otro pasaje como el que hemos comprado más hospedaje y comida mientras se espera el siguiente vuelo) y probablemente, según el carácter de cada uno, haremos un pequeño escándalo. ¿Qué pasaría si el pasaje era para un viaje de emergencia? Salvo en una zona de desastre, donde la infraestructura se puede haber visto dañada, no hay ninguna razón para que durante una emergencia no se cuente con servicio de comunicaciones; congestionado quizás, pero funcional.

El segundo efecto inmediatamente discernible fue el alza de los pasajes. Para el transporte urbano, las combis llegaron a cobrar hasta 5 soles en Lima; mientras que en transporte interprovincial, Soyuz y Flores aumentaron el costo de sus pasajes a la zona de desastre. Así es la solidaridad de algunos peruanos y francamente no hay mucho más que se pueda decir de este segundo punto.

Hablamos todos de solidaridad, pero creo yo que como país no hemos logrado la respuesta que nos gustaría. Quizás no hay mucho que reprocharnos a nosotros mismos, pero es increíble ver cuántos casos hay de personas que se aprovechan del infortunio de otros. Personal de gobiernos locales y regionales robando donaciones, personas saqueando en la zona de desastre o donaciones de comida con propaganda política, por mencionar tres para las que encontré un enlace. Muchas personas están mostrando su lado más humano, pero igual nos encontramos con una cantidad importante de indeseables que, en este momento de tanta necesidad, se esmeran en mostrarnos que la falla tectónica sobre la cual estamos no es nada comparada al cisma sociocultural en el que vivimos.