La fuerza de la naturaleza nos obliga a tomar acción y darnos la mano. Sin embargo, y para ello, muchos necesitamos de un buen remezón como el de la semana pasada. Algo que nos haga pensar en lo fácil que es perder tanto en unos minutos. 278 muertos, 154 de ellos menores de 5 años. Estas no son las víctimas del terremoto, sino de la ola de frío que pasa por el país de acuerdo al MINSA. Hay casi 22,000 casos de neumonía. De acuerdo al Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, hay 600,000 personas con enfermedades respiratorias. Las víctimas del friaje no han sido ignoradas, naturalmente. El Gobierno las ha visitado, se han realizado campañas de donaciones en el Estadio Nacional y se les ha ayudado. Pero definitivamente el impacto y la atención ofrecida no es comparable (en ningún grado) a la que se le ofrece a Ica actualmente.

No es posible comparar las tragedias, pero a primera impresión, yo preferiría ser damnificado en Ica que en Puno. Para empezar, la tragedia de Puno empezó en abril y todavía no termina. Estamos hablando de tortura, de una muerte muy lenta. No hay suficiente alimento, no hay como abrigarse, no hay medicamentos ni acceso a puestos de salud. Lo único que hay es frío y muy pocas posibilidades de encontrar algo que quemar. Quizás debemos ser más sensibles a las tragedias que suceden a nuestro alrededor. La reacción que se vive en Lima por el terremoto es impresionante, pero no deja de darme un poco de tristeza el ver que en otros casos, que no se sintieron físicamente en Lima (o que por lo menos no asustaron), es muy poco lo que se hace.