Tras la tormenta viene la calma, dicen. Pero en realidad, después de la tormenta viene el rescate, la ayuda humanitaria y finalmente la reconstrucción. De a pocos llegan las noticias de los poblados más alejados. Se suman los muertos. Ahora son 437 y 80 mil personas damnificadas por el terremoto. El 75% de Chincha (16 mil viviendas) ha sido aplanado por la fuerza del sismo. Para los bomberos los muertos deben sumar más de 500. Así vamos a estar por los próximos días. Sumando y recontando los números.
La respuesta de la población ha sido de esas de las que van a hablar los políticos y los medios hasta el cansancio para ilustrar el espirito de los peruanos. Desde la pantalla de la computadora, los distintos organismos del Estado parecen estar haciendo su trabajo. Están por todos lados. Claro que estar no significa mucho. Los hospitales de la zona colapsaron y lo poco que quedó terminó copado. Los servicios públicos (excepto la Internet) se cayeron. (Que raro lo del Internet.) Y existen localidades todavía abandonadas a su suerte –como cuando el Niño arrasó con la costa, sus puentes, carreteras y pueblos.
Lo importante, cuando pase la tormenta y hallamos rescatado y cuidado de los herido y haya empezado el proceso de reconstrucción es aprender. Y para aprender debemos hacer una revisión de lo sucedido. No con aires fiscalizadores (como esas que a la oposición le encanta –cualquiera que sea la oposición- y que al gobierno les causa alergia; y que no tiene nada de malo si se usan bien) sino con el objetivo de incorporar lecciones a las instituciones que tienen que velar por nuestra seguridad.
Horas después de que el mundo se enterara del tsunami, la comunidad internacional inició discusiones sobre procesos de aprendizaje que permitiera incorporar las lecciones a sus actividades. Meses después, un terremoto golpeó a Pakistán y muchas de esas lecciones incorporadas fueron puestas en práctica.
La pobreza se puede explicar por la exposición al riesgo de los pobres –y el costo que la falta de medidas que los protejan conlleva. Lo mismo es cierto a nivel de un país. El costo del terremoto se va a sentir por muchos años. Los beneficios que pudieran haberse sentido en la zona a causa del crecimiento del sector agroindustrial se habrán perdido –y la tragedia tendrá un efecto negativo sobre la capacidad de la zona para mantener su competitividad.
Estar preparados. Saber como responder y evitar los costos evitables es lo que diferencia a los países desarrollados de los pobres (salvo, claro en el caso de Estados Unidos con lo de Katrina). En la región, Cuba es un ejemplo del que deberíamos aprender –y del que de hecho los gringos han tomado lecciones. Hace un par de años pasé una semana en La Habana cuando pasó el Huracán Rita. Días antes, las autoridades y la población de la ciudad, se prepararon para los vientos y las lluvias. Lo que más me sorprendió es que todos sabían que hacer. Y esas tareas de preparación incluían recoger y guardar todas las cabinas telefónicas de La Habana. ¿Para qué dejarlas afuera si el huracán las iba a destruir? Son detalles. Pero esos detalles salvan millones (de vidas y de dólares). Ninguno de los cuales nos sobran.
Hay que aprender para mejorar.




