Hay algo en todos lados. En Maputo, la capital de Mozambique hay un mercado de pescados que vale la pena visitar. En el camino a Costa del Sol, pasando el esqueleto de un rascacielos (para Maputo, pero igualmente grande), sobre la mano derecha hay un mercado de pescados y mariscos. Es un pampón, por decirlo de alguna manera, con puestos de madera al frente y restaurantes tipo chingana/cebicherías atrás. El mercado está lleno de pescados, pulpos, langostas, cangrejos, langostinos, calamares, almejas, conchas, etc. Piénsalo, lo tienen. Entrando, le das una mirada a los productos, escoges los que te apetecen, los compras (cual mercado) y te los llevas, tú, a los restaurantes (seguramente al preferido). Ahí te los preparan como tu quieras – o como ellos sepan.
Nada más simple y nada mejor. El Océano Indico está a unos pocos metros hacia el otro lado de la carretera que sale de Maputo hacia el norte, sobre la costa. El mercado de pescados esta lleno de mozambiqueños; los pocos turistas que hay por ahí han llegado con un cliente de la casa. No es difícil de encontrar pero sí de imaginar. Es simple, modesto, barato y muy bueno.
En esqueleto del edificio al lado es el resultado de codicia y envidia; o simplemente, pura maldad. El edificio se inició antes de la independencia de Mozambique hace ya más de 30 años. Con la independencia, los propietarios Portugueses se enfrentaban al prospecto de la nacionalización de sus bienes (incluyendo sus inmuebles). El dueño del edificio, entonces, decidió sellar todas las tuberías de edificio, que tiene por lo menos 30 pisos y consiste de 3 torres, y los desagües de la zona con concreto. El resultado es que el esqueleto es inservible y varios intentos de convertirlo en un hotel han sido reconsiderados por el costo que ello significaría; mejor construir uno nuevo.
Maputo, sin embargo, no es una ciudad de esqueletos. No es lo que uno espera al llegar a un país que ha sufrido una de las más desgarradoras guerras civiles. La violencia, sin embargo, no llegó a las ciudades y la arquitectura se salvó. Los que han visitado La Habana notarán las similitudes. Maputo es un homenaje al Art Deco. Los edificios, las casas, las oficinas, los centros culturales, los complejos habitacionales, los anuncios de neón, las barandas, el malecón, los parques y las ferias se salvaron de la destrucción para regalarnos un museo vivo. Como La Habana.
Pero mi reflexión no se centra en Maputo sino en las personas que conocí en Maputo. 30 hombres y mujeres de 12 países africanos. Cada uno un personaje. Con una historia diferente, una lengua materna distinta, una vestimenta propia, un gusto por los mariscos único (desde los eruditos de Mozambique hasta el terror de Tom, un Masai de Uganda: de acuerdo con Tom, los Masai no comen nada que no sea carne de res –o de cabra- en parte por miedo de que algo le pase a sus ganados y en parte porque carne de res no les falta. Los Masai miden la riqueza individual y familiar de acuerdo al número de cabezas de ganada que cada uno tiene: 250, que es el número de reses que tiene Tom, no le merece un sitio en la ‘mesa de los hombres’).
Es increíble como todos ellos pueden juntarse en un esfuerzo concertado por un objetivo común: una educación de calidad universal en África. Hay un ritmo en las conversaciones y en las discusiones. Hay un constante interés por ayudar, por colaborar, por ofrecer ejemplos y soluciones. Hay una camadarería que me resulta extraña en un ambiente de trabajo.
Pero en general, existe un deseo de ser africanos; o más bien un entendimiento de que son africanos. Como nunca he visto antes, los camerunenses, basotos, ghaneanos, nigerianos y demás, buscaban por todos lados música de Mozambique. Ropa de Mozambique, telas de Mozambique, moda de Mozambique, ornamentos de Mozambique, joyas de Mozambique. Y no como recuerdos sino para usarlas. Para vestirse como ellos y bailar como ellos.
En el mercado de pescados, cuando la comida ya no podía encontrar espacio en nosotros, empezó la música. A la primera nota, el ritmo que había observado entre ellos en el taller en el que estuvimos involucrados durante toda una semana se convirtió en el ritmo del baile. Y casi sin poder controlarse, todos empezaron a bailar. Ritmos que parecen negroide, salsa, zamba, merengue y hasta tecnocumbia. En África no se pueden aguantar.
Me cuesta creer que este continente se siga matando a balazos. Pienso que bastaría cubrirlo de parlantes y a la primera nota tendrían que dejar las armas, y bailar.