La noticia del asesinato, sin embargo, llegó a la capital de distrito más cercana y de inmediato se apareció la policía arrestando al asesino y metiéndolo a la cárcel. Justicia. Representantes de ambas comunidades, entonces, enrumbaron a la capital de distrito a exigir que lo soltaran pero fueron recibidos por negativas del fiscal y jueces. Los trataron de incultos, salvajes, retrógradas y promotores del desorden y la anarquía. Pero para los pobladores de ambas comunidades lo que ellos proponían era lo más justo. El culpable pagaba su crimen ayudando a las víctimas. De nada servía meterlo preso. ¿Quién cuidaría, ahora, de la viuda y sus hijos e hijas?
Desde que llegó al poder Alan García ha anunciado una y otra vez sus planes para imponer la pena de muerte a los violadores de menores. No me voy a poner a discutir la validez (o moral) de este tipo de castigo –que no existe, ya, en la gran parte de los países desarrollados y que es una de las letras escarlatas sobre la imagen de Estados Unidos. El problema no es el castigo que propone pero el discurso que lo sustenta. Ante el problema de las violaciones, la solución de García es un castigo, no una política de prevención.
La solución al crimen no es más policías o más cárceles. Esas son medidas para tratar o mitigar los efectos del crimen –pero no lo detienen. Las medidas que necesitamos deben estar orientadas a la prevención del crimen. La pobreza, por ejemplo es una causa (y consecuencia) de trastornos mentales que en el Perú son, en su mayoría, olvidados. No existen servicios siquiátricos y sicológicos al alcance de los pobres, cuyas dietas y medio ambiente tienen efectos negativos sobre su salud mental. No existen, tampoco medidas concretas para hacer de las calles, espacios más seguros, que permitan a los niños y niñas moverse con menor riesgo. Hay pocas medidas educativas que incluyan el tema de la violencia doméstica –ya que los principales culpables de estas violaciones son familiares- y que miren a cambios en el largo plazo.
De igual manera, castigos para los criminales no van a ayudar a las mujeres que tienen miedo de acercase a las postas médicas o a la policía a reportar a sus violadores porque el trato que reciben de doctores, enfermeras y policías es abusivo y humillante.
Matar violadores solamente va a matar violadores. No va a ayudar a los niños víctimas de las violaciones. No va a ayudar a las niñas cuyas vidas son quebradas por años de violencia física y sicológica a manos de sus familiares. Matar violadores como solución a la violencia sexual es una política populista; no es un ejemplo de buen gobierno.
Habrá que esperar…




