Hace unos años, al Banco Mundial se le ocurrió que la mejor manera salir del subdesarrollo para Indonesia era explotar uno de sus mejores recursos: sus playas. Entonces, se pusieron de acuerdo para armar un proyecto piloto: Bali. Y así, los artesanos de Bali se convirtieron en productores masivos de estatuas, pareos y pinturas. Los pareos de Bali se convirtieron en una cosa de la última moda y las playas se llenaron de turistas y hoteles. Así las calles Kuta y Legian se llenaron de restauranes, bares, discotecas, McDonalds, Starbucks, tiendas de surf, apart-hotels, villas, bungalows, bancos, cajeros automáticos, tiendas de discos y DVDs, tienditas de artesanías, malls, operadores de turismo, carros, motos, camionetas, ambulantes, backpackers, drogas y bombas.
Y con eso se acabó la luna de miel y Bali se vació. Las playas del este entre Buitan y Candidasa están llenas de armatostes de concreto con capacidad para cientos de huéspedes. Restaurantes uno junto al otro, tiendas de abarrotes, chinganitas, talleres de artesanos, cafés de Internet y operadores de turismo con tours al resto de la isla y para hacer snorkeling y buceo y todos están vacíos.
Lo bueno es que las playas están ahí. Todas para quien no se haga caso a las bombas y vaya a Bali. Lo mismo en Kuta y Legian al sur. Pero lo malo es que con la soledad llegó el desempleo. En Buitan, el pueblito de dos calles en el que me quedé por unos días en la casa de una pareja (él de Bali ella de Holanda) que ha construido 4 lunbuhng (esas casas tradicionales de estilo balinés), hay dos negocios sostenibles (la casa donde que quedé y un hotel de tiempo compartido). El resto del pueblo hace un poco de todo. Una tiendita por acá, un restaurantito por acá, un toursito por acá, un taxi al aeropuerto. Pero por lo general han regresado a la vida como era antes.
“Acá no nos interesa la política”, me dijo mi huésped, Lompot. “Solamente queremos vivir.” Vivir consiste en lo siguiente: levantarse con el gallo y el sol. Sentarse frente al mar (frente a su casa) mi mirar al horizonte junto a los otros ‘Lompots’ de Buitan y los niños que se van congregando en la orilla. Intercambiar una que otra palabra, uno que otro anécdota, algún comentario del Mundial (era la época) y seguir mirando esperando que baje el desayuno. Coger la tabla y correr olas por un par de horas. Descansar sobre las tablas. Correr un poco más. Recoger las redes de pesca (ayudando a los pescadores de la zona). Almorzar. Sentarse frente al mar a conversar con turistas y amigos. Jugar algo con los niños y niñas del pueblo que se pasean de casa en casa, de vecino en vecino. Limpiar, arreglar algo o encargarse que todo el en ‘negocio’ este funcionando bien. Comer. Sentarse a tomar unas cervezas con los amigos y turistas (¿dónde han visto un hotel donde el dueño te invite una cerveza?). Tocar la guitarra, cantar, una cerveza más. Dormir.
A todo esto añádanle el sonido de las olas reventando contra la orilla (incansable).
Pero el colapso del experimento significa que si Bali no se había prostituido lo suficiente para satisfacer a sus turistas, se está prostituyendo aún más para satisfacer sus necesidades básicas. El turismo de playa se ha movido, gradualmente, a Tailandia. Las artesanías de Bali las puede comprar uno en todo el mundo. La diversión y las olas de Kuta y Legian se han contagiado por todo el sudeste asiático. Le queda poco que ofrecer a Bali. Y el tsunami (los dos), el terremoto y las bombas siguen flagelando, cruelmente, a Indonesia: y nada de esto ayuda, sin duda.
El experimento de Bali no es solamente de Bali. Experimentos del Banco (y del Fondo y en general de Occidente en el resto del mundo) hay por todos lados. El ajuste estructural boliviano hace 20 años, por ejemplo; la exportación de nueces en Mozambique; la inversión en grandes represas en todo el mundo; la tarifas de usuarios para salud y educación en, también, todo el mundo; la apuesta por gobernantes como Mobutu en la ex-Zaire; y otros más.
Pero lo que hay en Bali, como es toda esta región es un capital humano excepcional. No para la empresa o para la ganancia como muchos en el resto del mundo pensamos (los tigres asiáticos y todo eso) sino para la hospitalidad y para el arte de vivir. Los tailandeses, camboyanos, malayos e indonesios que he conocido me han recibido con los brazos abiertos. Y cada uno me ha mostrado como se puede mirar como ojos positivos situaciones que nos desmoralizarían a cualquiera.
El mejor ejemplo es el de mis huéspedes en Bali. Han abierto su hogar a extraños y experimentan los días despacio, sin prisa, prestando atención a cada detalle; repitiendo el plato una y otra vez para que no se les escape nada. Cada olor, cada color, cada sonido, cada temperatura, cada viento, cada visitante es el objeto de la más intensa observación. Cada uno tiene algo que contar y enseñar.
Hay miles de historias en cada uno. Basta preguntarles.
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