Los he visto en televisión, en las revistas, en las fotos del World Press Photo, en la National Geographic y en los reportes anuales de algunas agencias humanitarias. Pero nunca en carne y hueso. Nunca había visto a una criatura tan vulnerable. Con la piel arrugada como la de un anciano en sus últimos días, sus ojos olvidados descansando frágilmente sobre sus cavidades, sus labios partidos y secos, su cabecita colgando hacia un lado –su cuello incapaz de sujetarla sin la ayuda de la mano de su madre- sin descanso. Su cuerpecito estaba marcado por sus huesos –por la muerte, no por la vida.

 

Mi cámara quedó apretada en mi mano empuñada. Sus dedos incapaces de responder a cualquier señal de afecto. Mis dedos incapaces de desprenderse de mi libretita de notas. No hay preparación para algo así.

 

A unos 45 minutos de camino hacia el norte de Lilongwe, la capital de Malawi, sobre la M1, está el distrito de Dowa.  En Dowa, una ONG, PRDO, lleva a cabo una serie de proyectos a favor de la comunidad que cubren los sectores de educación y nutrición, agua y saneamiento y seguridad alimentaria. Robert y Emily me recogieron del barrio de ex-pats en Lilongwe y me llevaron a visitar algunos de estos proyectos.

 

A unos pocos minutos del centro de Lilongwe todo parece África. La misma África de las películas con los llanos y las mesetas. Con las acacias y los pueblecitos de casas de barro y paja. El camino hacia el Lago (Lake Malawi) es un trecho de cerca de hora y media de manejo, hacia el este. El lago es enorme, se siente como un mar. Y el domingo que fuimos era el día de la limpieza. Las orillas del lago estaban cubiertas de niños y mujeres limpiando sus ropas, ollas y limpiándose ellas y ellos mismos.

 

A cada paso se nos abalanzaban gritando ‘Kwacha!, kwacha!’ (el Kwacha es la moneda de Malawi). Se agarraban del brazo, la mano, los dedos de Jo y nos seguían hasta que ya no era una gracia y había que jalar con fuerza. Pero por todos lados, estas criaturas de apenas 3 ó 4 años dejaban lo que estuvieran haciendo para decir ‘hola, ¿cómo estas?’ y saludar sin parar.

 

Y es que en todo Malawi, en la carretera, en los trechos, en la calle, hombre, mujeres, niños, ancianos todos paran te miran saludan y dicen ‘hola, ¿cómo estas?’ El camino a Liwonde, la resera natural, hacia el sur es igual que hacia el este y que hacia el norte. La misma carretera de dos vías (una de ida la otra de venida) sin alumbrado y flaqueada por bicicletas y peatones que de vez en cuando dan un paso en falso sobre el asfalto. Manejar en Malawi implica estar 100% atento a todo. Y a cada rato hay un pueblecito, una feria, un mercado.

 

En Liwonde hay un lodge para 10 personas máximo y un campamento para otras 40. El lodge que es cosa de las películas de Tarzán está construido sobre un peñasco rodeado por un pantano y una pequeña laguna conectada al río Shire. La laguna está llena de hipopótamos y cocodrilos. El cuarto, con sus ventanas francesas enormes y el balconcillo y la hamaca descansaba sobre unas columnas de madera sobre un pequeño pantano en donde descansaban, durante el día, hasta 10 cocodrilos.

 

Los elefantes, los hipopótamos, los impalas, las águilas, los venados. En Africa hay un árbol, el baubab, que crece lento, lento y mide hasta 25 metros o más –se parece a los árboles del Señor de los Anillos. Los que hay en el parque deben tener por lo menos 500 años, algunos. Los elefantes los usan para rascarse y se comen la corteza en busca de nutrientes. Y así es que los baobabs están marcados por el tiempo. Con cicatrices que deben tener siglos.

 

Lilongwe es una ciudad nueva. Creada para el gobierno. Y el gobierno es nuevo. Pero Lilongwe, como Malawi carece de un motor esencial. Y toda la iniciativa se ve mermada por una falta sistémica de capacidades. De doctores, de enfermeras, de profesores, de técnicos, de científicos, de economistas, de abogados, de profesionales en todos los sectores básicos. Y muchos de esos puestos son cubiertos por extranjeros, empleados por los varios donantes que viven en los barrios ‘molinescos’ de Lilongwe, en casas con jardines y piscinas.

 

Y en esos jardines se teje, de alguna manera un neo-colonialismo que es difícil de combatir cuando, al mismo tiempo, se quiere ayudar. Pero ese es un debate para algún otro día.