Se habla bastante, estos días, sobre la nacionalización
Pero este miedo está, en realidad, muchas veces fundado en mitos. Mitos que se han convertido en supuestos irrefutables: Que el sector público es más ineficiente que el sector privado, es uno. Otro, es que nacionalizar es lo mismo que estatizar. Y otro, que estas cosas de nacionalizar y estatizar son retroceder -como si la historia fuese siempre lineal.
Empecemos por el primero: el sector público es menos eficiente que el sector privado. Los trenes en el Reino Unido llegan tarde, mal y nunca a su destino. La privatización ha traído consigo una serie de accidentes gravísimos y una insatisfacción de los usuarios que se mantiene en incremento. Al mismo tiempo, el costo al sector público, en subsidios, es mayor que el costo en el que incurría cuando estaba a cargo de los trenes antes de la privatización. Por otro lado, el transporte público en Londres sigue bajo el control del sector público, y salvo demoras y problemas atribuidos principalmente a la antigüedad del sistema, llega a cada vez a más personas (ahora escolares viajan gratis en todo el sistema de buses). En Chile, en Santiago, el metro es público y es considerado uno de los mejores del mundo.
El sistema de salud público de muchos países europeos se encuentra entre los mejores del mundo –y son manejados por el sector público. Lo que es más claro es que Medicare y Medicaid, los seguros públicos en Estados Unidos solamente dedican 4% a costos administrativos mientras que en los seguros privados estos costos llegan al 15%.
Es cierto que en el Perú tenemos miles de ejemplos de empresas públicas ineficientes. Pero eso no implica que todas las empresas públicas sean ineficientes; ni menos eficientes que las privadas. El problema con las empresas públicas peruanas no era su calidad de ‘pública’ sino la forma en la que eran manejadas. Las instituciones (políticas, económicas y sociales) que marcan el paso del tiempo en el Perú han cambiado poco o nada con el proceso de privatización. La corrupción se ha trasferido del sector público al privado. Lo mismo ha sucedido en el Reno Unido donde, el año pasado, el gobierno británico incluyó, entre sus opciones para el sector transporte, la posible re-estatización de los trenes.
Y en el tema de la nacionalización del gas boliviano; Petrobras, una de las empresas que tendrá que renegociar con el Estado Boliviano es, de hecho, estatal.
Otro mito que más que nada es un malentendido es que nacionalizar es los mismo que estatizar. Nacionalizar implica que la propiedad privada en manos extranjeras pasa a manos nacionales. Como en los medios de comunicación, la propiedad fronteriza o empresas en sectores estratégicos en Estados Unidos (incluyendo hidrocarburos). Estatizar, por otro lado implica que la propiedad privada pasa a manos del Estado y de la administración pública. Eso no ha pasado en Bolivia.
El tercer mito es que estatizar o nacionalizar es retroceder. El Reino Unido, estaría, entonces, pensando en retroceder. Pero no es tan sencillo como eso. La extracción de recursos naturales o la provisión de bienes y servicios públicos por empresas privadas están, y deben estar, sujetas al cumplimiento de ciertos objetivos y regulaciones. El no cumplimiento debería llevar a re-plantear las opciones existentes. Si la administración pública se presenta como una opción deseada entonces nada debería impedir que una actividad antes en manos privadas pase al sector público. Eso no implica, sin embargo, que no exista la posibilidad de re-privatizar o de concesionar. Debemos dejar de pensar en el corto plazo y entender el proceso de desarrollo como uno de muy largo plazo; con movimientos en todas direcciones.
Un sector público profesional debería poder competir en calidad con el sector privado. Los incentivos del segundo se pueden replicar en el primero con el adicional interés por el bien público.
La pregunta que nos debemos hacer es cómo ofrecer lo mejor a los peruanos. ¿Cómo garantizar acceso a bienes y servicios básicos a toda la población? ¿Cómo mantener el control sobre el largo plazo? ¿Cómo beneficiarnos y protegernos de los altos y bajos de los mercados internacionales? ¿Cómo ser más competitivos en el mercado global pero manteniendo los valores de nuestra diversidad cultural? ¿Cómo mantener la legitimidad del Estado?
Estas son preguntas que no nos hacemos. Nos preocupamos mucho en el corto plazo y en las noticias de último minuto. Nos preocupa la inversión extranjera y las reservas. Pero esas son solamente medios para un fin. Nos hemos olvidado de las explosiones en Camisea. Y de la responsabilidad de las empresas involucradas. Nos hemos olvidado también de las heladas que se vienen en la sierra sur (como todos los años) y del 30% de niños y niñas sin seguridad alimentaria. Nos hemos olvidado de las tres cuartas partes de la población que vive sin un seguro médico. Nadie habla del costo que la agroindustria, intensiva en agua, impone sobre poblaciones al borde del desierto y los millones de peruanos que no tienen acceso a agua potable. Nos hemos acostumbrado a las barriadas y las viviendas a medio construir. Y seguimos posponiendo la reforma educativa.
Estos son los temas importantes. Cómo solucionarlos debe pasar por un debate abierto que incluya a la sociedad civil y al sector privado. Pero no debemos olvidar que son temas de interés público y por lo tanto son responsabilidad del sector público. No caigamos en lo fácil reduciendo el Estado (cuando en el mundo desarrollado crece sin parar) y absolviéndolo de sus responsabilidades en aras de más oportunidades de negocio para las corporaciones.
Si Bolivia considera que la nacionalización del gas (ojo, del gas y no de la extracción o comercialización) y la re-negociación de los contratos le permitirá beneficiarse de las alzas en los precios, y lo logran, bien por ellos. Aprendamos en lugar de ponernos las manos en las orejas y cantar el regetón a todo pulmón.
[Y por ahí hay un mito más. En los últimos años las corporaciones petroleras más grandes han tenido ganancias record. Sin precedentes. (Shell anunció en Febrero ganancias de $22 billones). ¿La razón? El mercado, dicen. Hay más demanda por mayor producción mundial en especial desde la China. Más demanda, sube el precio de venta, suben las ganancias. Pero resulta que al mismo tiempo ha subido el costo del crudo (¿La guerra?). Entonces, las ganancias en realidad deberían haberse mantenido a niveles anteriores (aumentado o bajado un poquito). Lo que ha sucedido, en cambio, es que el consumidor está pagando un precio mucho mayor y que refleja el aumento del precio del crudo. Entonces, todo el efecto derivado del aumento en la demanda se lo quedan las corporaciones. Y mientras ellas llenas sus cofres nosotros pagamos. Si el aumento en la ganancia se debiera a un aumento en su productividad (en la reducción de costos o mejora de sistemas en estas corporaciones) entonces no tendríamos porqué reclamar. Pero este aumento en ganancias se debe a cambios en el mercado internacional ocasionado por especulaciones y guerras. No existe razón económica ni moral para que esto no beneficie a todos, en especial, a los pueblos más necesitados como en Bolivia o el Perú, donde la gran mayoría no tiene seguridad energética.]




