Keiko Fujimori, la ex-primera dama, la hija del criminal de Fujimori, la que lloraba diciendo que ella no sabía de dónde salía la plata con la que viajaba y se educaba y se iba de compras, es la candidata al Congreso con más votos. Álvaro ha comentado que a veces se siente atrapado. Su cabeza dice una cosa pero el cuerpo dice otra. Cuando Alan García sale elegido después de lo desastroso de su gobierno en los 80s, yo puedo entenderlo porque, bueno, eso pasó ya hace un buen tiempo. Y Fujimori se encargó de hacernos olvidar.
Pero los 90s están a la vuelta de la esquina. Acaban de pasar. Todos nos acordamos de esa década de robos y abusos. ¿Cómo es posible que sigamos votando por Fujimori y compañía? ¿Es que estamos todos locos? ¿Es ignorancia? ¿Irracionalidad? En un viaje a Máncora, hace un par de años, el taxista que nos llevó desde el Aeropuerto de Tumbes al hotel nos comentaba como Fujimori había “arreglado las cosas en el norte”. “Mira”, nos dijo, “para nosotros el problema número uno era el problema con el Ecuador. Esta muy bien hablar de nacionalismo desde Lima, pero acá dependemos de las fronteras abiertas para comer.”
Y eso nos decían todos. “Mira el puente ese. Lo construyó Fujimori”. Lima también está llena de calles, jardines, postas, lozas deportivas, urbanizaciones, alumbrado público, tanques de agua y demás mini obras que “construyó Fujimori”. Fujimori, a fin de cuentas fue el presidente más populista que hemos tenido en la historia. Gastó más que todos en ‘políticas sociales’ paliativas para los pobres. Entre 1996 y el 2000 se gastó $1.2 billones en programas alimentarios que solamente lograron reducir la tasa de desnutrición en 1 punto porcentual. Estaban diseñados, no para reducirla más sino para garantizar la re-elección. El populismo, a fin de cuentas, es una herramienta de los gobiernos orientados al mercado y al los intereses de las élites; es un paliativo para los pobres.
Entonces, un puente aquí, una loza deportiva allá y un tratado con el Ecuador, son significativos para los que tienen poco o nada. No es que estén todos locos. O que sean irracionales. O que sean brutos. Seguramente es que sus vidas fueron directamente afectadas por las políticas de Fujimori o de Alan García de forma positiva. Es difícil creerlo pero para muchos la inflación no fue mayor problema (más una incomodidad). Durante esos años tenían un trabajo seguro, estabilidad, dinero en el bolsillo; la sensación de bienestar. Y no nos olvidemos que la sensación de bienestar genera bienestar.
Es cierto que no podíamos comprar cosas importadas, pero el Perú es un país productor; así que para la mayoría de peruanos no tener carros importados o Burger King es irrelevante.
Durante el ‘Oncenio’ de Fujimori, lo mismo. La plata empezó a chorrear en las barriadas, secándose en las arenas calientes y secas. Nada productivo pero por lo menos había la sensación de bienestar. Permanecían pobres, pero, se sentían protegidos. Pero si bien los grupos populares (urbanos, sobre todo), se beneficiaban de sus políticas populistas, la cosa cambió para los que se habían beneficiando de las políticas de Alan. Fujimori, rompió la estructura que mantenía a la clase media: les quitó la estabilidad, el trabajo, el dinero en el bolsillo. Canceló los subsidios al agro y a la industria y con ello se fueron a la quiebra cientos de miles de personas que dependían de la pequeña agricultura y la industria nacional. Ahí están, entonces, los que hoy votan por Alan García.
Los pobres que se beneficiaron de las miles de obras inservibles de Fujimori, hoy votan por sus secuaces. Y lo mismo con la clase media (empleados públicos) y los micro-productores rurales que sentían cierta estabilidad en sus empleos, que hoy votan por Alan.
En los 90s, cuando Fujimori se lanzó a la reelección (e inclusive cuando se lanzó a la re-re-elección), muchos votantes ‘educados’, beneficiados por las reformas neo-liberales de Fujimori, votaron por él. Lo re-eligieron a sabiendas de los robos y las violaciones de derechos humanos. Después del golpe de estado; de la Cantuta; de Barrios Altos; de Montesinos. Al igual que los que hoy votan por Keiko y Alan, votaron pensando en sus intereses. Fujimori prometía un sistema económico que beneficiaba a los más ricos –los más educados. Sin pensarlo dos veces votaron por él a costa de los que pagarían el costo del sistema que ha generado más desigualdad, inestabilidad laboral, inseguridad, informalidad, violencia política, desconfianza y el incremento de la pobreza absoluta entre los más pobres.
Cada uno, entonces, vota por el que le conviene. ¿Cuándo vendrá un candidato o un partido que ofrezca un gobierno que le convenga al Perú?




