‘Con la nueva constitución vamos a poder concentrarnos en salir del hoyo en el que estamos’. Levanté la cabeza del plato de estofado de pollo y espinacas y zanahorias hervidas para ver la reacción de los otros en la mesa. ‘No sé si sea el comienzo del desarrollo como dices, pero sentará las bases, por lo menos’, lo corrigieron. Resulta que, en unas semanas, Kenya tendría la oportunidad de participar en el primer plebiscito de su historia independiente (apenas 43 años) para elegir su segunda constitución (la primera elegida democráticamente; bueno, por un proceso que incluye votos y al Congreso). La primera fue escrita en las oficinas del Foreign and Comonwealth Office (FCO) en Londres, por unos cuantos kenianos y los administradores coloniales. Después de la independencia, Jomo Kenyatta, líder de la revolución, gobernó hasta su muerte en 1978 dejando a Kenya en camino al desarrollo y en manos de Daniel Moi quien no soltó el poder hasta el 2002. Moi creó un estado paternalista que llegó hasta el espacio más privado de los kenianos. Si tienes un problema, pídele ayuda a Moi. Si hay corrupción, llámalo a Moi. Si hay violaciones de derechos humanos, que Moi se encargue. Moi se convirtió en papá Moi. Y dejó el poder a sabiendas que Mwai Kibaki sería un presidente temporal que le regresaría el poder en unos cuantos años. Kibaki tenía otros planes y poco a poco se fue aprovechando del aparato Estatal creado por Moi a costa de matanzas y hambrunas y a favor de su propia tribu; los Kikuyu, la más grande de Kenya.

 

Y ahí llego yo a Kenya en octubre del año pasado. Estuve en Nairobi una semana para facilitar unos talleres con ONGs sobre como hacer un mejor uso de evidencia para influir procesos políticos. Así que el plebiscito y la política de Kenya era el tema número uno en cada receso –y en especial durante el almuerzo. Kibaki se las había arreglado para meterse en problemas. Su gobierno es un gobierno de coalición, y algunos de sus ‘aliados’ (gente en su propio gabinete) se habían colocado del lado del ‘No’ en la campaña por la nueva constitución. Y poco a poco, la intención de voto se alineó a las líneas tribales. Kikuyus por el “Sí”; los otros por el “No”. Y día a día se sientía un incremento en la violencia: un muerto en una demostración, varios jóvenes apedreados en pueblo kikuyu por llevar un polo naranja (símbolo del “No”), etcétera.

 

Nunca antes habían tenido, los kenianos, la oportunidad de hablar de política como ahora. Los periódicos publicaban el borrador de la constitución; en las calles los vendían en versiones bolsillo, grandes, en suahili, en kikuyu, empastados. Existía un optimismo, más allá de la violencia, más allá de la corrupción que se pelea por la primicia en los noticieros, que no se ha vivido hace muchos años en Kenya. No por que vaya a ganar el “Sí” (de hecho perdió), sino porque se sientía un progreso hacia la democracia, hacia la estabilidad.

 

“Nosotros hemos tenido como 13 constituciones, 56 presidentes y hemos sido independientes desde 1821”, les dije como respondiendo a una pregunta que me hacían con los ojos: ¿qué le parece al facilitador? Silencio. Entonces les explico que una elección no significa nada. Que un gobierno, un presidente, no es la solución de todos los problemas de Kenya. Que esta el la primera vez que tienen la oportunidad de debatir políticas y discutir sus opiniones abiertamente. Que esto de la democracia toma tiempo. Que el Perú es un pésimo ejemplo de una y que lo que deberían hacer como sociedad civil es buscar mantener la inercia; darle otros 43 años al asunto.  

Las elecciones pasaron y ganó el “No”. Para Kibaki eso fue un voto en contra y se las  tuvo que arreglar para silenciar a la oposición y evitar la arremetida de los gritos que le pedían que se fuera. Arremetió contra las dudas y los debates y el optimismo. Ahora Kenya se enfrenta a una de las peores hambrunas que ha sufrido y una serie de escándalos políticos que rodean al presidente y sus más cercanos seguidores. Y de elecciones se habla poco.

 

En el Perú, pareciera que cada elección la viviéramos como vivieron la primera elección en Kenya. Como si fuera lo único que importa. Es una fiesta que acaba con un velorio. Nos emocionamos y perdemos los papeles prometiendo regalos a los cuatro cielos y dejando la cordura (como el tío que se emborracha en la fiesta de Navidad) hasta la resaca del día siguiente. Las elecciones no hacen la democracia. Son solamente un componente –casi insignificante, porque no suceden tan a menudo.  Lo que importa es lo que pasa después. Es cómo mantenemos el nivel del debate y la discusión. Cómo seguimos al tanto de lo que hacen los ganadores y perdedores. Cómo participamos activamente de los canales y espacios que existen. Cómo apoyamos y fiscalizamos de manera responsable a las instituciones del Estado.

 

En estas elecciones nos enfrentamos, una vez más, al voto por ‘el menos peor’. Las propuestas valen poco o nada. Los planes de gobierno son meros ideales (objetivos). No importa porque el proceso es largo. Lo que importa es que salga quien salga, haga lo que haga, lleguemos al 2011 y nos enfrentemos a un nuevo proceso electoral; y que salga quien salga entonces nos enfrentemos a otro en el 2016. Y que para entonces ya tengamos un sistema político que premie las políticas basadas en evidencia y que promueva el buen gobierno sobre la base de un servicio de servidores públicos profesionales, un Congreso representativo y un poder judicial independiente y calificado (y bien pagado).

 

Ya entonces, con 15 años de gobiernos civiles a cuestas, podremos empezar a pensar en las políticas de uno u otro candidato.  Y seguramente para entonces, reconoceremos que una elección no nos hace más democráticos que Kenya (con sus tres ‘presidentes’ en 43 años).