Después de más de dos años de haber salido del país para ir a hacer mi maestría regresé al Perú para el bautizo de mi ahijado Vasco. En el avión de Atlanta a Lima, aburrido por no poder dormir, una pregunta me venía y volvía a venir a la cabeza a cada rato: ¿cómo estará Lima? ¿Habrá mejorado algo? Quería que ya bajáramos y nos zambulléramos en ese colchón de nubes grises para poder ver las luces de Lima y poder comenzar a responder esas preguntas.
Ni bien llegué al aeropuerto internacional Jorge Chávez comenzó mi relación de enamoramiento con Lima. ¡Y cómo no si el aeropuerto que yo dejé no es ni pizca de lo que es éste! Nuevecito, lleno de señales claras, amplio, cómodo, nada que envidiarle a cualquier aeropuerto del mundo. Lo único malo es que, según mi modesto parecer, las autoridades del Ministerio de Transportes y Comunicaciones y de Córpac pecaron de iniciativa de mediano y/o largo plazo y, en consecuencia, dentro de muy pocos años el aeropuerto se quedará corto, sobre todo si se planea seguir promocionando e incrementando la llegada de nuevas aerolíneas, más frecuencias aéreas de las existentes y, por lo tanto, más turistas. Hasta Migraciones está más eficiente, más gente que atiende y lo mejor, sonrisas por todos lados y eso que a esa hora (a partir de las 10pm) hay una fuerte congestión de vuelos que vienen al país tanto de Estados Unidos y México así como del resto de Sudamérica. Luego de pasar Migraciones y entrar a tremendo pampón donde se encuentran las fajas distribuidoras de maletas, salí a lo que yo pensaría iba a ser lo mismo de siempre: empujes, peleas y disputas por que las personas tomen tal o cual taxi, sin importarles que se trate de personas humanas y no ganado. ¡Pero no! ¡Hasta eso había mejorado! Y había una señorita bien sentada atendiendo a los turistas que se habían acercado a preguntar cuánto costaba una carrera de taxi a San Isidro o Miraflores. Otra recomendación: eliminar a esa gente que con pancartas, globos, flores y demás está esperando dentro del aeropuerto a que salga su familiar… simplemente se le manda afuera, no se le permite el acceso al edificio, tal y como era antes que uno esperaba detrás de una valla, al costado de la playa de estacionamiento.
Bueno luego de las normales muestras de cariño de la familia, tomamos la nueva vía expresa que, aunque falta aún juntarla con la Avenida Faucett y hacerla una sola, hace que la salida del aeropuerto sea mucho más fluida. Algún día tendremos una carretera como en todo país que se juzgue desarrollado que directamente lo lleve a uno a la ciudad y de paso nos ahorraríamos contemplar los miles de neones de la Avenida La Marina… ¿no se podrá proponer alguna ley que regule su uso?
Ya en los siguientes días comenzó la procesión de saludo al resto de la familia y eso involucraba pedirle prestado la camioneta a mi madre, persignarme y entrar a ser parte de la fauna que se digna a manejar (si esa es la palabra) en Lima. Al comienzo me costó mucho trabajo y concentración pero, una hora después, ya había regresado a mi mente los reflejos criollos y me sentía en casa otra vez, insultando a las combis y a los taxistas que le cierran a uno el paso, y peleándome con las señoritas policías que por más que son menos corruptibles no usan la cabeza para dirigir el tráfico y andan más preocupadas en la llamada del enamorado, novio o esposo. Y así mientras hacía mis cosas diarias me fui dando cuenta de algo que no se veía antes: Lima se ha llenado de nuevos edificios que, generalizando, no tienen más de cinco pisos de altura. En todos lados aparecían ante mis ojos como hongos grandes: Chacarilla, Monterrico, San Isidro, Surco, San Borja. Bien claro lo señala un dicho francés que dice más o menos así: si el sector construcción pasa por una buena época entonces toda la economía también. Y eso está ligado a una impresión general adicional: en Lima se ve más prosperidad que antes. ¡Las tiendas están llenas de gente que no sólo se dedica a ver productos sino que los compra! Y eso, todo economista lo sabe, crea un círculo vicioso de producción, consumo y, por lo tanto, mayor actividad económica y más cantidad de empleos. ¿Alguien se ha dado cuenta que en Wong (cadena de supermercados nacional) hay tanto igual de gente que compra como que te atiende? No hay que olvidar que esa gente antes estaba desempleada y, por lo menos, hoy tiene un salario que llevar a su casa. Y además es gente que no anda en las calles, con lo cual también se reduce los niveles de delincuencia y asaltos, por ejemplo.
No sé cuando regresaré al Perú nuevamente pero por lo menos me voy lleno de esperanza que la próxima vez que retorne veré otras cosas positivas… Alan te paso la pelota…




