Tiempo. Mucho tiempo. Y mucha plata. Demasiada plata. Y nada. Vacío. Discursos inspiradores y llenos de metáforas apoteósicas. Son unas obras de arte. Pero vacíos. No pueden ser nada más que eso porque el sistema premia al que aguata más tiempo – y si dicen mucho las posibilidades de error aumentan también.
Los discursos tienen el efecto deseado, sin embargo. No la apatía que desatan los discursos británicos, llenos de cifras y listas de actividades. Los discursos de Obama llenan la oficina en el 5to piso de 139 Fulton Street, en Nueva York. El centro de operaciones de la campaña de Obama en la ciudad está lleno de voluntarios y visitantes en busca de carteles, stickers y otras parafernalias de campaña. El activo más importante de la campaña son los voluntarios. Todo gira alrededor de ellos. Su registro en el centro, el llenado de las bases de datos de aquellos que firmaron alguna lista en la calle. Hay un ejército de voluntarios llamando a otros voluntarios para hacerles recordar que firmaron y prometieron su apoyo.
A ese ejército me uní el lunes. Por unas horas fui parte de la maquinaria que ha recaudado $32 millones durante el mes de enero. Sean, un voluntario de unos 25 años estaba encargado en día que me uní a la campaña. Nos llevó a un centro telefónico desde que debíamos llamar a un grupo de voluntarios de Brooklyn. Nos dieron una computadora con una serie de guiones para usar y una base de datos interactiva diseñada espacialmente para las llamadas telefónicas. La misma que usan las compañías de telemarketing.
Con más de $100 millones por candidato estas son las campañas de telemarketing político más grandes de la historia. Y lo que venden es una imagen. Un producto tan vacío como los cuchillos esos que no se gastan y que cortan zapatos que venden en la televisión.
Rosa, una neoyorquina, me preguntó qué impresión tenían de Obama en Inglaterra. Le dije que desde nuestro lado del Atlántico, cosa es que Obama es el candidato negro y Hilary es la mujer. Eso es todo. Bueno, son candidatos del partido democrático. Pero más que eso no podemos decir. No sabemos qué diferencia a Obama de Hilary cuando se trata de políticas. Y cuando le pregunté a Rosa, sólo me pudo decir que Obama va por el cambio. Hillary no. Pero Hillary es mujer, le dije. Eso es bastante cambio. Me miró un rato como con pena y regresó a sus llamadas telefónicas. Una fiera, Rosa, al teléfono, hay que decirlo. En el mismo tiempo que me tomó dejar unos treinta mensajes ella hablo con una docena de voluntarios.
La fiebre de Obama está por todos lados. Pero no es, en mi opinión, nada más que una fiebre. Los británicos están maravillados por la movilización de ha suputado el proceso electoral en Estados Unidos. Pero es fácil dejarse impresionar. El entusiasmo está alimentado por una cobertura total de los medios de prensa que, en busca de la historia que les de unos cuantos puntos adicionales de rating, inventan peleas y controversias. (La semana pasada fue un supuesto ataque de Hill Clinton a la campaña de Obama –ataque que la prensa neo-conservadora exageró a niveles absurdos).
La fiebre es la misma que se vive previa a la visita de algún ‘boy band’. Es como si Justin Timberlake decidiera pasearse por el Perú por unos meses. Las hordas de niñas y adolescentes que rodearían su hotel no se diferenciarían en mucho de los que hoy rodean a Obama. Y no es que estos voluntarios no estén interesados en las políticas que pudiera o no apoyar o proponer su candidato. El problema es sus discursos y su campaña en general no es parte de una campaña de propaganda política sino publicitaria.
Y como en todas las campañas publicitarias el objetivo en vender. Vender más y más. Y en la publicidad la plata manda. Y el producto que venden es el Presidente. No el equipo de gobierno. No un plan de gobierno. Venden un Presidente –o una imagen de Presidente.
En el Perú hacemos lo mismo. Elegimos Personalidades más por lo que dicen representar que por lo que representan de verdad. La falta de plata, sin embargo, limita que tanto énfasis se le da a la imagen. Pero, después de casi una década de crecimiento económico y de una acumulación de riqueza entre los grupos de poder no debería sorprender que las próximas elecciones se acerquen más al absurdo.
Fujimori ya tiene un partido nuevo. Alan García esta cuidando su imagen entre los que tienen los recursos para financiar una nueva campaña. Y su discurso del perro del hortelano hace recordar a la década del spin en Gran Bretaña que se alimentó de las estrategias de campañas políticas de Estados Unidos.




