La perspectiva siempre es interesante. Mi visión del Perú no es tan positiva como la de muchos. Veo muchos avances pero no estoy convencido de que los cambios que vemos son institucionales –y por lo tanto trasformativos. Veo en el Perú copias de los modelos seguidos por otros países –muchos de los cuales están siendo cuestionados. Pero, dentro de todo, siempre ayuda darle una mirada al resto del mundo.
El Perú, puesto en perspectiva, no está tan mal. Dos ejemplos.
Hace un par de años me tocó estar en Kenia durante las semanas previas al plebiscito sobre una nueva constitución propuesta por el Presidente Mwai Kibaki. El país se dividió, no tanto por líneas ideológicas sino tribales. El plebiscito lo perdió Kibaki. La semana pasada, las elecciones presidenciales que lo vieron triunfar (y que han sido calificadas por los monitores de la UE como carentes de credibilidad) y Kenya se ha visto envuelta en una batalla campal entre los bandos de la oposición y el gobierno.
Los Kikuyos apoyan a Kibaki y los Luo a Raila Odinga (en líder de la oposición). Los enfrentamientos han cobrado las vidas de por lo menos 150 personas.
Durante la campaña por la constitución, mi impresión fue que el proceso, por más violento que fuera, promovió un debate político nunca antes visto en Kenia. Después de décadas de un gobierno absolutista y patrimonial como el de Daniel arap Moi, los kenianos tenía la oportunidad de ventilar sus inquietudes políticas. Pero toda la discusión, todo el debate sobre lo que decía la constitución y las propuestas de unos y otros tenía un límite: “Kibaki es uno de nosotros”, me dijo mi taxista. “Al final del día, en Kenia votamos por los nuestros.”
Kenia, uno de los países más avanzados de África, nos deja muy bien.
La semana pasada, también, Pakistán nos regaló una mártir de la democracia. Benazir Bhutto murió asesinada por una bomba (o por un balazo, al parecer). Su muerte me hace pensar en Baruch Ivcher y la campaña por la libertad de expresión de la que se convirtió en el ‘poster boy’ más irónico de los 90s. Ivcher, después de años de suprimir información y controlar la expresión de la oposición, a favor del gobierno, se autoproclamó defensor de la libertar de expresión. Benazir Bhutto, después de liderar un gobierno autoritario, envuelto en escándalos de corrupción y favoritismos, aparece como la defensora de la democracia. (Bhutto se declaró presidenta de por vida de su partido, el Partido Pakistaní del Pueblo, PPP)Pero dejemos a Bhutto de lado. La Reina ha muerto. Viva el Rey. Su hijo, Bilawal Bhutto ha asumido el poder del PPP. Su padre, Asif Zardari, decidió pasarle el honor, seguramente preocupado de los trapitos sucios que pudieran salir a la luz (no por nada los llamaban ‘Sr. 10%’).
Lo que más me sorprende, sin embargo, es que pocos hablan del hecho que la sucesión del hijo no es compatible con los principios más fundamentales de la democracia. El concepto de democracia no existe –por más que la palabra se use a diestra y siniestra. Estos partidos son dinásticos y, como los Nehru-Gandhi en la India, los Bhutto son dueños de la política en Pakistán.
Pakistán, una potencia nuclear y aliada de ‘occidente’, no solamente nos deja muy bien sino que nos da lecciones.
Mucho se habla de las elecciones en Kenia y Pakistán. Pero una elección no hace a un país democrático. Partidos políticos que basan su apoyo en relaciones tribales y no ideológicas o programáticas; y líderes políticos dinásticos y no electos son contrarios a los principios de la democracia.
No somos Kenia ni Pakistán. Pero no hemos hecho las reformas institucionales que son necesarias para evitar posibles ‘recaídas’. ¿Dónde está el programa de reforma institucional? ¿Dónde están las elecciones internas de los partidos políticos? ¿Dónde están las convenciones anuales donde los partidos, sus líderes y miembros pueden presentar y debatir sus propuestas programáticas?




