Existían, hasta hace poco, dos posiciones sobre el aumento del precio de los alimentos. La primera era que este era un aumento pasajero y que no duraría mucho más. La segunda, es que es un aumento permanente. Estamos entrando a un nuevo mundo de precios elevados.  

De acuerdo con un estudio reciente del Banco Mundial, los bio-combustibles son la principal causa del aumento de precios de granos a nivel internacional: 75% del alza se puede explicar por este factor: que ha llevado a los precios de los alimentos a duplicarse en el último año. IFPRI (el centro internacional de investigación sobre políticas alimentarias) estima que las políticas actuales relacionadas con los bio-combustibles seguirán impulsando el aumento de los precios en hasta 26% para el maíz hacia el año 2020.

Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Inter-Americano de Desarrollo, está de acuerdo con el efecto de este factor. La demanda por bio-combustibles y las políticas de Estados Unidos y Europa que promueven su producción han reclasificado a gran parte de las tierras antes dedicadas a la agricultura para el consumo humano, así como bosques vírgenes en la Amazonía, hacia un nuevo objetivo. Un problema adicional es que la producción actual de bio-combustibles no es suficiente para combatir la demanda por petróleo y, por ahora, solamente empeora el problema del uso de la tierra –sobre todo si la producción de granos que ya existía se destina, ahora, a bio-etanol.

Existen otros factores permanentes que explican el aumento del precio de los alimentos que vivimos hoy.

Primero, se ha dado un aumento significativo en la demanda por alimentos, especialmente por la carne, como consecuencia de los cientos de millones de chinos (pero no solamente ellos) que se han unido a las clases medias consumidoras globales. El aumento en la demanda por la carne es particularmente significativo porque la producción ganadera no solamente consume alimentos (que se destinan al ganado y no a las personas) sino que también consume tierras (que se pierden para la producción de alimentos destinados a las personas).

Segundo, el precio del combustible se ha disparado y, con él, los costos de transporte y producción de productos procesados han aumentado. El aumento del precio del crudo, igualmente, se debe, entro otros factores, a cambios permanentes en la demanda por energía. Las nuevas clases consumidoras en países emergentes demandan electricidad, calefacción, combustible para sus carros, plásticos, asfaltado, etc.  

Tercero, permanecen vigentes, y han aumentado, las restricciones al comercio internacional que dificultan aún más el acceso a productos básicos. Como consecuencia de la subida de los precios, varios países productores/consumidores cerraron sus fronteras a la exportación; aumentando los precios de esos productos en países netamente consumidores. Muchas de estas medidas ya se vienen relajando –pero no las impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea y Japón en relación a los subsidios que ofrecen a sus sectores agropecuarios. Y de mantenerse o elevarse aún más los precios no debe sorprendernos ver elevarse nuevas barreras.

Cuarto, el calentamiento global está teniendo efectos devastadores sobre la producción y el acceso a alimentos en muchas de las zonas más vulnerables del mundo. El clima se está haciendo cada vez más extremo e impredecible. Los desiertos se están expandiendo y los glaciales se están derritiendo. Las sequías en el sur de España y Australia; así como varias partes del África tienen efectos directos sobre la producción de alimentos transados internacionalmente. En el Perú, las consecuencias las sienten las mismas poblaciones alto-andinas que el gobierno pretende incorporar a las cadenas de comercio internacional. El problema es que con temperaturas cambiantes y escasez de agua, este objetivo de inclusión se hace cada vez más difícil; y evita que productores de alimentos se beneficien del nuevo nivel de precios.

Otras causas más pasajeras son las prácticas especulativas de algunos inversionistas y la caída del dólar –y los efectos negativos que esto tiene en países exportadores y los mercados internacionales.

Entonces, esta coyuntura se puede explicar, sobre todo, por una serie de factores permanentes y significativos: aumento de la demanda por alimentos y combustibles, el calentamiento global y, especialmente, una reorientación del uso de la tierra hacia bio-combustibles.

Por lo tanto, esta subida puede explicarse como un ajuste que trae a los precios a su nivel natural. De hecho, los precios de los cereales habían caído drásticamente entre el 1995 y el 2000, desde un nivel comparable al actual. Un reciente estudio del Overseas Development Institute (ODI), en Londres, ha demostrado que después de esa caída, los precios de los alimentos iniciaron un periodo de crecimiento que viene desde el 2000 y que, si bien, dieron un salto a comienzos del 2008, es posible que, cómo mínimo, se mantengan a estos niveles por otros 10 años más.

En el Perú, el calentamiento global –y la presión que esto genera sobre la tierra y las poblaciones que la trabajan-, la demanda china por nuestros commodities y la expansión de la demanda interna vienen alimentando la tendencia al alza de los precios de productos básicos para millones de peruanos; cuyos salarios y sueldos no sienten el mismo aumento en términos reales.

Si el mundo de hoy y del futuro es uno de precios de combustible y alimentos elevados, no podemos seguir respondiendo con medidas pasajeras porque sus causas son permanentes. Necesitamos políticas que reconozcan este nuevo contexto. Que hagan un mejor uso de las reservas internacionales que hemos acumulado. Que reduzcan la concentración de la riqueza y el consumo permitiendo un crecimiento distributivo y sostenible. Que protejan al medio ambiente más allá de lo que dicta la norma. Que se adecúen a cambios en los mercados internacionales. Y necesitamos nuevas estrategias para negociar los nuevos retos que enfrentamos: alianzas regionales y publico-privadas de largo plazo y enfocadas al interés público; políticas nacionales de innovación; políticas integradas –más allá de la retórica; y la democratización del poder político y económico; entre otras.

En especial, se requiere una revisión de las políticas que nos han llevado (no solamente en el Perú) a olvidar el rol básico que juega el agro. El Reporte de Desarrollo Internacional del 2008, del Banco Mundial pone a este sector, de nuevo, a la cabeza de la agenda. Moreno, del BID, ha llamado a lo mismo. Sin embargo, esto debe traducirse en acciones concretas. A nivel mundial, el financiamiento a la investigación agrícola ha caído en cerca de US$3 billones desde 1980. En América Latina, solamente 14% del PBI agrícola se reinvierte en investigación. En África es solamente 7%.

Para enfrentar el nuevo mundo de precios permanentemente elevados debemos desarrollar políticas de largo plazo, inteligentes y basadas en evidencia –y no simplemente respuestas a tendencias o modas de los mercados. Más que nunca, es importante ser estratégicos sobre lo que depara el futuro. Los días de concentrarnos en el crecimiento del PIB se acabaron. De nada servirán las divisas que ganemos hoy si el en futuro la oferta de alimentos se verá irremediablemente reducida; o si su flujo se verá restringido por las políticas proteccionistas de países productores y las nuevas y antiguas potencias económicas. Para enfrentar el futuro requeriremos cambios radicales, como aquellos en las dietas de los peruanos para que reflejen preferencias por aquellos productos sobre los que tenemos algún grado de control. Debemos enfrentar los retos que nos presenta la erosión de nuestros recursos naturales; combatir la cultura consumista antes que nos infecte por completo.

El primer paso, sin embargo, es reconocer esta nueva realidad como tal. Revisar nuestras instituciones y políticas y determinar cuáles deben cambiar. No podemos seguir pateando el problema.