Cuando a Bill Gates y a Warren Buffet, en ese entonces los dos hombres más ricos del mundo, les preguntaron, cuál era el secreto de su éxito, la respuesta dejó atónito al público: “Haber nacido, y vivir en Estados Unidos”. Es decir, dos razones que poco tienen que ver con las capacidades y esfuerzo personal que tanto nos martillan en el día a día. Claro que esto es una súper- sobre-simplificación, y quizá un ejercicio de excesiva modestia, pero el mensaje rescata la relevancia de la suerte en el éxito de las personas. ¿Qué hubiese pasado si el mismo Bill Gates por ejemplo, nacía en Huancavelica, una de las zonas más pobres del Perú, en una familia que con las justas tiene un foco de luz? ¿O cuál sería su situación si tuviese una salud pobre, o quizá no la misma inteligencia, aun habiendo nacido en los Estados Unidos? ¿Cuánto de su éxito entonces se debe a esfuerzo propio y cuánto a la coyuntura “suertuda” en la que lo puso la vida desde el comienzo por puro azar?
Existe muy marcadamente en Estados Unidos la idea de que si una persona es pobre, es por su propia responsabilidad y acciones, es decir porque hizo algo que lo llevó a la pobreza. Esto normalmente está asociado a vicios del carácter como lo puede ser el alcoholismo, la drogadicción, el gasto excesivo, la flojera, buscar una vida fácil y desordenada; consecuentemente Estados Unidos puede ser una sociedad poco compasiva y comprensiva de los pobres. La suerte no es para ellos un factor, o por último es un factor excepcional. Es así que siempre surgen los ejemplos de aquellos que en vidas en extremo adversas, encuentran la manera de salir adelante y alcanzar “el sueño americano”. Casos de esos hay miles, entre ellos Bill Clinton, exitoso ex presidente de los Estados Unidos, o el actual gobernador de Massachusetts, Deval Patrick. Sin embargo en ambos caso, hay también un componente de suerte. Se trata de dos personas brillantes, que por azar, en la tómbola genética, adquirieron el talento nato de carisma, inteligencia y liderazgo, y que en un país dinámico como el norteamericano, explotaron al máximo para salir de la pobreza. Pero si Deval Patrick habría sido poco agraciado, o digamos intelectualmente solo promedio ¿Habría salido de la pobreza aún en Estados Unidos? Vayamos ahora al Perú de hoy en donde más de 40% de la población vive en pobreza extrema. Es decir, que su chance de haber sido en extremo pobre en este país, es de 4 sobre 10, o 40 sobre 100. Ahora, de los 6 restantes que no son extremadamente pobres ¿Cuántos cree tuvieron acceso a una educación y salud “decente”? ¿Tres? ¿Dos? ¿Y a una muy buena educación, que incluya una preparación bilingüe, globalizada, de estándar internacional? ¿Uno? ¿Cero punto uno? ¿Cero cero punto uno? No cree entonces que si usted es muy bien educado (y además tiene buena salud) ¿Es en extremo afortunado? Y ciertamente existe una correlación (aunque claro hay excepciones) entre los niveles de educación con los niveles de ingreso y oportunidades. Si bien Bill Gates no terminó la universidad para fundar Microsoft, estaba estudiando en Harvard, una escuela de por los menos US$36,000 al año en gastos solo académicos y en la que obviamente tenía acceso a una red de contactos y recursos que no son accesibles a todos. Lo mismo aplica a Sergei Brin y Larry Page, ambos propietarios de Google, dos estudiantes de doctorado de Stanford otra prestigiosa y cara universidad, y al actual fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, también de Harvard. No quiero decir con esto que el éxito a través del esfuerzo es un mito y que todo está echado al azar, y que si bueno, por mala pata nació pobre o sin aparente talento, péguese mejor un tiro. El esfuerzo y la preparación son claves para desarrollar habilidades y aprovechar las oportunidades del entorno, pues el ojo entrenado y preparado sabe capturarlas cuando vienen, o incluso incrementar su ocurrencia. Sin embargo, tampoco podemos caer en la ilusión que el éxito es una consecuencia solo de nuestro esfuerzo, porque mucho tiene que ver las posición en la que la vida lo puso a uno, sin haberle ganada a nadie. Tomar cuenta de ello es clave pues pienso genera una fuerte responsabilidad a los suertudos de tomar ese paquete de suerte gratuita, maximizarlo y redistribuirlo entre los no tan suertudos, o más aún, los bien piñas. Tome el caso de Bill Gates y de Warren Buffet, o el del mismo Clinton, convertidos hoy en incansables filántropos con sus respectivas fundaciones. ¿Habrá sido ese cambio una consecuencia de entender su enorme éxito como un muy bien aprovechado golpe de suerte? A niveles más al llano, de la persona de a pie como usted o como yo, de repente es bueno hacer este ejercicio para asumir con más aplomo la responsabilidad que nos impone nuestra propia suerte y ser más compasivos. Piense cuando vea un pobre, a un homeless, a un ciego o un enfermo: “Ese sin más ni menos, por puro chance, pude haber sido yo”.




