En un hospital en Blantyre, en Malawi, en el pabellón de medicina, los pacientes esperan la muerte tres por cama, algunos en el suelo entre las casi 150 camas y otros debajo, sobre cartones y mantitas que les han traído sus familiares. La mayoría se está muriendo de Sida; sin medicamentos ni tratamiento alguno. Un cementerio de elefantes, donde los pacientes van a morir, acompañados por extraños, entre muertos. Es un mundo en limbo. Muertos que no se han dado cuenta aún que han muerto y vivos que se han olvidado de vivir y parecen muertos. Es el mundo de lo real maravilloso. En especial porque los medicamentos para que una persona viva, sin problemas y sin restricciones a lo que puede hacer, le cuesta, a los que pueden pagarlo, US$1 por día –gracias a la ciencia India que le dio vuelta a las patentes gringas.
Un dólar al día y te salvas. Un solo dólar y no hay necesidad de venir a morir a Blantyre o donde sea que te agarre la muerte y no te deje moverte más. Pero si el 60 por ciento de la población ya vive con un dólar al día –o menos- un dólar más para pagar por medicinas no es cosa de todos los días.
En el mundo de lo real maravilloso, los políticos se pasan días y meses debatiendo no como cubrir un dólar al día para los más pobres de los pobres sino como defender sus sueldos congresales. Se la pasan maquinando como castigar a sus adversarios políticos –algunos que pudieran ser un reto en las próximas elecciones.
En Lilongwe, en la capital, hay un monumento a Banda, el presidente de antes que se pasó varios años en el poder, demasiados. El monumento, que está hecho de vidrio y que tiene un mausoleo, costó, dicen, US$20’000,000. Una bicoca de plata considerando lo que se robó, pero no si tomamos en cuenta lo que invierte, cada año, el Gobierno Británico en el presupuesto de salud del gobierno de Malawi (algo así como US$20’000,000).
No voy a seguir en el tema de Malawi porque el tema no debe interesarle a muchos pero nótese los parecidos. Las noticias son las noticias de los grandes números. Las noticias de los acuerdos comerciales; de los juicios a la gente conocida (bueno por los menos a los que manejan los grandes números); de las acusaciones; de los debates de sueldos y precios del pasaporte; de la selección del Perú; y del triunfo del equipo español de basketball sobre el argentino (en primera plana d El Comercio en línea).
Pero sin embargo, los verdaderos problemas (los problemas que no se van al otro día; los que no se solucionan solos; los que causan tal estrés que se suda sangre; los que sufren los niños más pobres y vulnerables; los que solamente se acaban cuando el paciente se muere –pero solamente se acaban para el muerto) pasan desapercibidos. Los discuten los académicos en sus centros de investigación, en sus pantallas, en sus bases de datos; las ONGs en sus programas y proyectos y visitas al campo; en las postas médicas; en los centros nutricionales; en los pueblos alto-andinos donde no hay un panadol ni un curita ni un poquito de yodo para curar una herida chiquita que terminara en fiebre e infecciones y eventualmente la muerte del único proveedor del hogar.
¿Cuánto cuesta un panadol?




