[Nota de autor: Hay mucho de Galeano, Frank, Cardoso, Alegría, Mariátegui, García Márquez, Rodríguez, Milanés, Piero, Vidal, Chomski y otros a los que he ido leyendo y escuchando y cuyas ideas se han ido mezclando en mi.  No pretendo apuntar el dedo a nadie –este es uno de esos blogs que vive entre lo público y lo personal. Este blog es una reflexión sobre lo que he observado a mí alrededor –de ese mundo del que soy miembro. Es una crítica tanto a mi comportamiento hasta hoy como al del colectivo al que me refiero. Pero es, también, un llamado a un cambio en ese comportamiento. ¿Es un mea culpa? No sé. No puedo disculparme por el esfuerzo de mis padres por darme la mejor educación posible; ni por la familia en la que nací; ni por la Lima en la que crecí. No puedo cambiar nada de ello; ni lo haría, nunca. Pero por esa educación, esa familia, esa Lima es que puedo hacerme estas preguntas y no temer a las respuestas. No hacerme las preguntas sería peor; inclusive sabiendo que las respuestas no me gustarán y que no será fácil dar el siguiente paso. Pero tenemos que empezar a cerrar las venas. Mi ideal es que esta sea una primera oportunidad.]

 

El Perú es un país racista y clasista; un país que discrimina. Tiene una estructura social, económica y política que se oscurece en la base. Está fragmentado para separar a los 'blancos' de los negros; a los 'blancos' de los cholos; a los ‘blancos’ de los nativos; al ‘clase alta’ del ‘clase baja’; al profesional del obrero. Pero, por la estrecha relación entre clase y raza, el racismo surge como el principal vicio de nuestra sociedad. Nuestro lenguaje ha sido pervertido hasta el punto que es normal insultar con adjetivos como 'chino, cholo, negro o indio', como si fuese cosa de todos los días.

 

Nosotros mismos hemos sido pervertidos al punto que no nos llama la atención que la hinchada de la U emita sonidos de 'mono' dirigidos a los jugadores de Alianza cuando cerca del 80% del equipo es negro - lo mismo cuando jugamos contra Ecuador. La discriminación ha sido internalizada al punto que sus mismas víctimas son no solamente incapaces de reaccionar ante ella, sino que la condonan propiciándosela a aquellos en una situación social, económica, política o cultural que ellos consideran inferior a la suya. El guachimán tratando de 'indio de mierda' o 'negro apestoso' al limpia carros o al heladero - lo hemos escuchado miles de veces. El mal pagado ‘consultor’ de la empresa contadora despreciando el trabajo del personal de limpieza.

 

El racismo es la base (o por lo menos unas de las bases) del poder de la clase gobernante (y sus financistas). Es una de las herramientas que mantiene a los gobernados callados y subyugados. A través de los años, desde la conquista y durante la república, hemos creado una verdad absoluta que se ha introducido en el alma colectiva del Perú: el indio, que constituye la masa, es pobre, ignorante, sucio, lento, flojo, ladrón, traicionero, primitivo, incapaz. Por lo tanto, nada bueno, nada sobresaliente, nada importante puede salir de entre la masa. Existen excepciones, claro, pero sólo porque las excepciones (que confirman la regla) nos ofrecen una coartada ante la acusación de un racismo institucionalizado.

 

Pero no se fijen en las excepciones; no son nada más que anomalías en la data –fallas del sistema que son rápidamente corregidas.

 

Por eso es que a Toledo se le ha calificado de inepto; no obstante los logros de su gobierno (al menos cuando se le mide con la misma vara con la que se midieron los gobiernos anteriores). Nadie quiere considerar la posibilidad de que el éxito de la política económica de su gobierno se deba no solamente a las habilidades de su Ministro de Economía sino además a que como Presidente de la República fue capaz de elegir el gabinete indicado y darle a su ministros, en especial a PPK, el espacio y la confianza necesaria para que realizaran su trabajo.  Si Toledo se mete mucho lo critican por meterse, pero si no se mete lo critican con desinteresado y atribuyen cualquier éxito a ‘pura suerte’: ‘le ligó sin querer queriendo’.

 

Me cuesta creer que se pueda pasar por Stanford, Harvard (el tiempo que haya pasado ahí es irrelevante), el Banco Mundial y además haber mantenido una posición respetada en el ambiente económico peruano durante tanto tiempo (y eso no quiere decir que este de acuerdo con las políticas del Banco o las ideas del ambiente económico peruano, en general) y ser un incompetente; especialmente porque el hecho de ser indígena pone a Toledo a varios kilómetros de desventaja en la carrera profesional.

 

No es casualidad que Paulina Arpazi, otra representante de este grupo, haya desaparecido de los medios a pocos meses de haber sido elegida al Congreso: ¿mujer y serrana? Tampoco que Rigoberta Menchú casi no haya recibido atención alguna después de su Premio Nobel, en especial en los países de la región con una significativa población indígena a la que ella estaba representando con su lucha y vida; y que haya sido acusada extensamente en los medios de prensa con falacias y mentiras hirientes sobre temas personales.  

 

No es casualidad que los periódicos estén repletos de los éxitos de cantantes ‘blacos’ o las nuevas casas de arquitectos ‘blancos’; o que los comerciales y las series de televisión insistan en enfatizar una imagen de la belleza que nada tiene que ver con la fisonomía de la mujer peruana (¿cuántas serranitas con poncho hay en el Miss Perú?).

 

Tampoco que hayamos crecido escuchando y viendo a negros y cholos contar chistes sobre negros y cholos: representándolos como ladrones, flojos, pervertidos, desempleados, choferes, guachimanes, policías corruptos, funcionarios ineficientes y simplemente idiotas. O presentadores criollos abusando de las esperanzas de sus seguidores ‘más oscuros’, ‘más bajos’, ‘más pobres’.

 

Yo no sugiero una conspiración de unos cuantos maquiavélicos sino la existencia de un sistema que desde un inicio se creó para asegurar la extracción de la riqueza de la tierra y del trabajo de las masas de la manera más sencilla y con la menor oposición. Un sistema que desde la colonia introdujo el interés del capital como el maxim de la vida; sobre la vida de los demás. Un sistema que hoy se mantiene vivo retroalimentándose de las inequidades que genera cada día con el resultado de cada transacción y relación de poder. Mi propuesta es que somos un país discriminador, colectivamente; no intento acusar a nadie en particular. Pero esto no disculpa a los que tengan la raza de anunciar que ‘ellos no son racistas’. ¿Qué hacemos para combatir al sistema? ¿Hemos dejado de ir a los bares o discotecas que le han negado el ingreso a un negro o a un ‘cholo’? ¿Hemos dejado de consumir algún producto cuyo productor ha mostrado su racismo al humillar a sus trabajadores o a los habitantes de comunidades indígenas con las que sus instalaciones colindan? ¿Hemos dejado de ir al estadio?

 

En el proceso, y por diseño, la clase ‘alta’ peruana y latinoamericana se ha convertido en una clase comisionista. ‘Brokers’ entre el capital extranjero y la riqueza nacional. Contribuimos al sistema que extrae (por no decir saquea) la riqueza de nuestra tierra, nuestra cultura, nuestra identidad a cambio de una pequeña comisión; suficiente para mantenernos en el poder –pero no lo suficiente para que retemos el de nuestros ‘señores. En ese proceso, las diferencias entre el mundo industrializado y los países llamados en desarrollo se han incrementado sin reposo. La brecha entre los más pobres y los ricos (así como entre los más ricos del Perú y los más ricos de Estados Unidos, por ejemplo) se ha explotado. En la misma década y media del surgimiento de las fortunas de la informática la esperanza de vida en el África ha caído. Por primera vez, la generación actual (en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo) se a punta a morir antes que la generación de sus padres (en el mundo desarrollado porque la calidad de vida de los pobres –usualmente los discriminados- ha caído). Cada comisión que cobramos contribuye a este proceso que hace que nuestro país se empobrezca y nos mantenga, colectivamente, fuera del alcance del poder y del control (o la simple participación) del sistema económico global.

 

Es el mismo sistema sobre el cual se diseñan políticas educativas que buscan ‘civilizar’ a los nativos; educar a los salvajes; salvarlos de sus fantasías andinas y selváticas. Por eso es que la currícula educativa esta repleta de materias irrelevantes para la realidad andina o amazónica; desprovista de historia local y reafirmaciones de la identidad quechua, aymara, asháninca y de otras etnias o grupos que hacen al Perú lo que es.

 

Es por este mismo racismo que no consideramos las vidas de las comunidades que viven cerca o en zonas mineras o cuyas raíces se encuentran ‘sobre las vías del tren del progreso’. Nuestro racismo no se limita a nuestra vida privada. Afecta las políticas públicas y prácticas privadas que moldean nuestro país. Estas prácticas y políticas batallan contra la corriente: son ‘contra-natura’. Buscando que la mayoría se adecue a las costumbres y los usos de la minoría para que esta minoría pueda saquear con mayor facilidad; con el menor costo –la mínima resistencia.

 

Es el racismo el que nos mantuvo aislados de lo que pasaba en los Andes cuando Sendero y el Ejército se peleaban las víctimas de la violencia política. Dejamos que la masacre avanzara por el Ande y las zonas rurales sin mirar dos veces; preocupándonos solamente cuando nos quedábamos sin agua o sin luz. Tuvieron que morir Miraflorinos para que despertáramos y demandáramos solución. Nuestro desprecio por el indio, el campesino, el nativo nos puso entre la espada y la pared: le abrió la puerta al autoritarismo de Fujimori en el 90s y al saqueo del patrimonio nacional y los pocos valores y normas que nos quedaban. La Comisión de la Verdad documentó todo esto de manera excepcional –seguramente por eso es que decidimos olvidarla y enterrarla en los sótanos de nuestra conciencia.

 

Pero esto no es sólo un problema peruano. Este el mismo sistema que utilizaron los ingleses en sus colonias en el sub-continente asiático y en el África. Inculcando un sistema educativo que condenaba a las razas locales como inmundas o salvajes; el mismo que usaron todas las colonias europeas alrededor del mundo. El mismo que ha usado la derecha ‘blanca’ norteamericana para evitar que los descendientes de los esclavos ejerzan el derecho adquirido por sus antepasados –tal y como sucedió en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. El mismo que decreta que vivamos en el ‘sur’ y ellos en el ‘norte’: arriba, abajo; mejor, pero; ricos, pobres.

 

La razón por la cual el sistema ha funcionado hasta hoy es porque, al igual que el capitalismo y el libre mercado, su propio funcionamiento refuerza su estructura. Las señales que recibimos a través de nuestras vidas refuerzan el racismo en nuestro subconsciente. Nos hacen reaccionar en lugar de pensar; pervierten nuestros procesos lógicos y los argumentos narrativas que construimos para entender y enfrentarnos al mundo. Las compañías publicitarias hacen esto todos los días. Crean imágines y discursos que nos hacen sentir de alguna manera, desear algún producto, recordar una memoria un sentimiento. Y cuando escuchamos la palabra mágica o nos encontramos frente a la escena precisa sentimos la sed, el hambre.

 

En un sistema que se disfraza por racional. Si educamos al campesino o al mecánico aprenderá a leer y entenderá sus derechos. Ya no aceptará trabajar por migajas. Demandará derechos laborales (garantizados por la constitución) y el costo de la mano de obra (porque su control ahora se disputa entre el capitalista y el trabajador) aumentará. Si la mano de obra cuesta más, se acabaron los bienes y servicios regalados que permite maximizar la utilidad –y por lo tanto la comisión de la clase ‘alta’.

 

Este sistema, sin embargo, es insostenible. Si algo nos enseña la historia política del mundo es que los pocos sucumben ante las mayorías; y el cambio es la única constante. (Y la historia comercial; que la mayoría de nuestros deseos son modas; pasajeras.) Eventualmente, después de largas batallas, décadas de sangre y muerte, movimientos sociales y revoluciones. Los oprimidos se revelan ante los opresores.  (Y el error que comete la historia es pensar que es posible crear un nuevo sistema de control que dure para siempre –o probablemente no sea un error y el objetivo es simplemente mantener el control durante la vida de las generaciones que lo desarrollan en imponen.)

 

El Perú vive hoy en un momento, cuando menos, retador en la historia de nuestra región. Hay un movimiento hacia una nueva izquierda política: moderada en algunos países y más radical en otros. Pero más que ese movimiento hacia la izquierda, lo que debería ocupar nuestra atención es el movimiento hacia lo que lo hace una izquierda nueva: lo propio –la cultura local, autóctona, nativa, indígena, los valores andinos, amazónicos, pre-coloniales. Es el reconocimiento que somos naciones indígenas; nuestras bases son andinas y amazónicas. Aquello que nos ha puesto en el mapa son los logros de la cultura andina; sus monumentos, avances en la ciencia, arquitectura e ingeniería. Igualmente, nuestra vida (las lluvias, el aire que respiramos) depende del ecosistema del Amazonas; el mismo que disfrutamos hoy por los siglos de un manejo adecuado de sus recursos, liderado por las poblaciones nativas de la selva. Ambas culturas que el ‘occidente desarrollado’ viene destruyendo de manera sistemática.  Introduciendo actividades industriales al Amazonas, revertiendo los valores andinos, prostituyendo a sus poblaciones, imponiendo el individualismo a comunidades fundamentalmente sociales, depredando y explotando sus ceremonias, templos y recursos naturales.

 

Nuestro racismo nos obliga a denigrar no solamente al indio sino a todo lo que el indio hace y todo en lo que cree. Esta ceguera nos hace perder conocimientos invalorables en el manejo de nuestro patrimonio y recursos naturales, en el desarrollo de capital social, en el ejercicio de justicia, sin los cuales el crecimiento y el ‘desarrollo’ consumista que proponemos serán insostenibles; antes inclusive de morir de muerte natural. Nuestro racismo limita el mercado interno, la oferta de trabajo productivo, la demanda por turismo interno, nuestra propia educación y acceso a alternativas de salud y nutrición, y nos condena a vivir cada vez más aislados de lo que es Perú, Sudamérica y Latinoamérica: divididos en lugar de unidos; compitiendo en lugar de cooperando; perdiendo oportunidad tras oportunidad de resolver nuestros dilemas y cerrar las venas abiertas de nuestra historia.