Hay que ser sinceros. Anoche dormí muy bien. Con un poco de frío porque dejé la ventana abierta y entró un vientesito. Pero la cerré y después a dormir. En el Perú, sin embargo, pocos durmieron tranquilos. El terremoto, del que me enteré esta mañana viendo la BBC por TV, lo movió todo y le ha costado la vida a cerca de 120 personas y dejado 1000 personas heridas, casi todas en Ica –especialmente en Chincha.
Hay algo sobre este tipo de tragedias. Por un lado son una de esas cosas que, por unos momentos, nos hacen sentir que estamos todos juntos en el barco. Todos se mueven. El terremoto nos sacude y asusta a todos por igual. Igual que cuando el agua del tsunami en el sur este asiático se salió de la playa y arrasó con cuanto encontró a su paso. O las inundaciones en Inglaterra que destruyeron las alfombras de todos.
Pero cuando la cosa deja de temblar, cuando el agua se retira, los botes salvavidas, por seguir usando al barco en el que todos estábamos, se llenan de unos pocos y los de siempre se quedan atrás. Los pobres siempre la pasan peor.
Pero de la desesperación y el abandono, alguna cosa inventamos, como decían los Nosequein. En los terremotos de mediados del siglo pasado en el Perú, en Arequipa, sobretodo, nació el concepto de auto-construcción. Sin hogares, destruidos por el terremoto y la precariedad en la construcción de los mismos, y abandonados por un Estado sin la capacidad de responder, los pobladores del sur del Perú utilizaron los materiales que les ofrecían las ONGs y algunas organizaciones públicas descentralizadas para reconstruir sus vidas. Este enfoque, en el que la cooperación ofrece los materiales y el apoyo pero la mano de obra la pone la población, se popularizó a nivel mundial y se convirtió en una de las principales herramientas de la cooperación internacional en materia de desarrollo urbano.
Pero el terremoto, el tsunami y las inundaciones también son uno de los exámenes más duros para un gobierno. La población afectada no puede ser la única responsable por levantar al país. Es importante que el gobierno haga lo que tiene que hacer, pero que una vez que el pánico haya pasado, esta respuesta sea evaluada y que las lecciones se aprenda e incorporen. Después del desastre de la fiebre aftosa de hace una década la respuesta del gobierno británico ha sido considerada un ejemplo de eficiencia. Todo lo que salió mal la última vez, se cambió de inmediato.




