“He visto mi nombre en tu polo”. “Ese no es un nombre. Te deberías llamar María”. “Es mi nombre. A mi me gusta”. O algo así es lo que recuerdo del diálogo de Madeinusa, estrenada en Londres esta semana. Escrita y dirigida por Claudia Llosa, la película es un ejemplo del parto que es hacer cine en el Perú. Los créditos iniciales muestran una larga lista de “sponsors”, productores y financistas que ilustran perfectamente la forma como los cineastas peruanos deben trabajar: mil y un oficios.

 

No sé como empezar. Cinencuentro da la siguiente sinopsis:

 

Madeinusa es una niña de 14 años y dulce rostro indígena que vive en un pueblo perdido de la cordillera blanca del Perú. Este extraño lugar se distingue por su fervorosa religiosidad. A partir del Viernes Santo, a las tres de la tarde -justo cuando Cristo muere crucificado- hasta el Domingo de Resurrección, el pueblo entero puede hacer lo que le venga en gana. Durante los 2 días santos no existe pecado: Dios está muerto, no los ve. Todo es aceptado y permitido, sin remordimiento alguno año tras año Madeinusa, su hermana Chale y su padre Don Cayo, el alcalde y mandamás, conservan esta tradición sin cuestionarla, pero todo se verá cuestionado con la llegada de Salvador, un joven geólogo de Lima que viajará al pueblo y sin querer, cambiará el destino de la muchacha.

 

Hay tantas cosas en esta sinopsis que no se por donde empezar. Así que le voy a dar una vuelta medio extraña al asunto. En la República Democrática del Congo (DRC), en los tiempos de Mobutu (cuando el DRC se llamaba Zaire) existe una ‘movida’ llamada la Sapé. La Sapé ('Société Ambianceurs et Persons Élégants') es una movida que promueve el buen vestir y que incluye un tipo de música, una jerga y una cultura propia. Un Sapeur congolés se viste con un pantalón de Arman, una camisa de seda de Pierre Cardin, zapatos de Fendi, etc. Un Sapeur puede gastar, tranquilamente $1000 en su ropa. Esto es en uno de los países más pobres del Mundo. Y esto es entre las personas más pobres del Congo. Un Sapeur no tiene $1000 que le sobran para gastar en ropa. Esos $1000 de ropa son toda la ropa que tiene. Y los consiguió esclavizándose durante años. Ahorrando cada centavo. Trabajando en mil y un oficios. Desde mi punto de vista esta es una actitud completamente irracional. No tiene sentido gastarse todo lo que tiene uno en ropa. Menos aún en ropa tan cara. Pero para el Sapeur, la Sapé no es solamente un gusto o un lujo. Es el único gusto y el único lujo. Un Sapeur puede ahorrar $1000 en varios años. Y en ese tiempo se va comprando primero los zapatos, después el pantalón, y así va armando su tenida perfecta. Pero el ahorro es de a pocos (muy pequeños). Son uno que otro dólar que sobra una semana. El Sapeur, como los otros pobres del congo, no tiene dónde ahorrar o guardar sus ganancias. Y las ganancias no son lo suficientemente grandes como para sacarlo de la trampa de la pobreza. Unos cuantos dólares no te compran agua potable donde no hay un servicio de agua potable. No te compran salud donde no hay hospitales o medicinas. Y entonces, lo único que queda, la única forma en la que los Sapeurs pueden hacer sus vidas más aceptables, más humanas, es a través de la moda, la música, la Sapé. Sin la Sapé se pasarían la vida trabajando sin descansos, sin diversión, sin amigos, sin distracciones.

 

Entonces, no es tan irracional como parece. En el Perú pasa algo igual durante los carnavales de febrero. Los ahorros del año se van todos en las celebraciones. En Río, el carnaval consume los ahorros de algunas de las familias más pobres. Y es que si no fuese por estas fiestas y celebraciones los pobres no sólo no tendrían riqueza monetaria sino que carecerían de lo único que los mantiene vivos: el capital social. Las redes sociales que los ayudan cuando enferman, cuando necesitan trabajo, cuando hay que mandar recados al pueblo y que hacen de todas nuestras vidas una vida humana; entre amigos y familia.

 

Entonces, no es tan irracional. El problema es que lo vemos desde una perspectiva que no entiende porque se le da tanto valor a esas cosas. Pero si lo viéramos desde otro punto de vista (el de ellos) la cosa sería distinta.

 

En Madeinusa nos enfrentamos a algo similar. La inmoralidad que Salvador ve desatarse durante el Tiempo Santo no lo es tal desde la perspectiva de Madeinusa y los de su pueblo. Dios esté muerto. No puede ver lo que pasa. No hay pecado. Es una tradición como las hay en todos los países de todo el mundo. Desarrollados y en desarrollo. Algunas nos parecen perfectamente correctas, otras nos parecen un atropello a la moral y al buen sentido. Pero en todos los casos, todos practicamos nuestras tradiciones sin cuestionarlas. No serían, sino, tradiciones.

 

El problema es que la película no nos cuenta sobre la tradición del pueblo de Madeinusa sino que la juzga. Salvador (el nombre nada más, por favor) no tiene nada que hacer en la historia (que no existe, de paso) y ocupa el rol del moralista: impartiendo su juicio sobre el pueblo y sus valores. Salvador representa, me parece, esa necesidad atropellante que tenemos y que tienen los modernistas de querer modernizar a todos.

 

Su relación con Madeinusa es inocua. La ve, lo sigue, se la tira, la bota, le da pena, la quiere salvar, paga caro por su bondad. Esto podría ser muy simbólico pero no hay suficiente en la película para entender qué es lo que simboliza. Madeinusa es un personaje a medias. Es buena, es mala, el virginal, el una fiera, es una niña, es una manipuladora, es romántica, es pragmática. ¿Qué es Madeinusa?

 

Don Cayo es el estereotipo. Que feos son los estereotipos.

 

Chale es el personaje mejor desarrollado y actuado pero, ¿de dónde sacó esas ideas? ¿Por qué es tan distinta? ¿Por qué no piensa y actúa como la hermana?

 

¿Qué pasó con la mochila de Salvador? ¿Con su sleeping-bag? ¿Y no era que los del pueblo lo iban a matar o algo si andaba por ahí y que por eso lo metieron en el cuarto ese en la casa del alcalde?

 

Pero esos son detalles. Marcando el paso de la película esta la falta total de una historia. Algo a lo que nos podamos agarrar. Algo que nos cuente algo sobre los personajes. Como son durante el resto del año. Sin una historia pareciera que todos fueran unos inmorales.

 

Pero suficiente con las críticas. Hay algo que no me deja decir que fue una pérdida de tiempo haberla ido a ver. La ceremonia es sacada de una postal. La presentación de los distintos roles (el reloj, las vírgenes, el mayordomo, los comités, las comadronas) es impecable. Los vestidos, las andas, los murales, la música, los músicos, el cristo, los regalos a la virgen. Todos pintan un paisaje peruano que no he visto antes. Por momentos esperaba la voz del narrador explicando el por qué de las distintas ceremonias.

 

Pero todas mis críticas, lo más terrible, podrían haberse evitado. Claudia Llosa intenta hacer mucho en una sola película. Como si esta fuera su única oportunidad de filmar un pueblo andino y tenía que ponerlo todo en una hora y media. Esta película era sobre Madeinusa pero se convirtió en algo más con la llegada de Salvador (que la salva, mandándola a Lima; pero todos sabemos que Lima no es la salvación de nadie. Pero Salvador solamente observa (¿acaso como un enviado de Dios? ¿Será por eso que no quieren extraños “viendo” lo que pasa durante las festividades?) La película podría ser sobre Madeinusa y Chale. Y Cayo. Pero no es sobre ninguna.

 

Al final, Madeinusa da mucho de que hablar y por eso debe ser que ha ganado tantos premios. Da pie a interminables conversaciones sobre el Perú, sobre los peruanos, sobre como vemos al Perú, sobre la moral, sobre la virtud, sobre las tradiciones, sobre la fe, sobre el cine. Al final de esta reseña, me da la impresión que no está tan mal. Pero sigo pensando que se perdió una gran oportunidad. Y que el resultado final ha sido un poco más de lo mismo: un intento por salvar a los indios ignorantes.