De los 14’515,461 electores hábiles, 3’438,959 votaron por UPP; 2’708,688 votaron por el APRA; y 2’592,882 por UN (al 88% de los votos contados). O sea que 5’774,932 no votó por ninguno de los tres partidos que se apunta para la segunda vuelta. Más personas votaron por alguien más o en blanco o no votaron que los que votaron por cada uno de los candidatos.
La diferencia entre Lourdes y Alan es pequeñísima, es cierto. Es un sistema complejo el que tenemos. Escogemos entre más de 20 candidatos, 2 que son los que tienen la mayor votación. Pero entre el tercero y el segundo no hay una diferencia que pueda ser considerada relevante. Entre el 24% y el 23%, cuando hablamos de elegir a un presidente, no estamos hablando de casi nada. Pero después elegiremos entre dos candidatos por los que cerca del 45% de la población no votó (asumiendo que sean Alan y Humala los que terminen por pasar a segunda). O sea que el que salga elegido será la segunda opción de el 45% más el 30% o 24% (dependiendo de quien gane). Si es Alan, será presidente siendo la ‘segunda opción’ del 75% de los votantes; y Humala siendo la ‘segunda opción’ del 70%.
El sistema tiene que estar mal. ¿Cómo nos sorprende que Toledo haya sido tan impopular? Claro pues, si nadie realmente lo quería –simplemente no queríamos a Alan. Igual será esta vez. ¿Pero qué sistema sería mejor?
¿El Boliviano de alianzas parlamentarias? Puede pasar que el segundo y el tercero terminen gobernando. ¿El sistema británico con mayoría simple parlamentaria? No, solamente funciona en el Reino Unido (¿sabían que en GB no existe la separación de poderes? El ejecutivo sale de los miembros del parlamento -comunes; y el judicial sale de los miembros del parlamento -lores). ¿El bi-partidario de Estados Unidos? Es muy costoso y excluyente –y no es democracia.
Ningún sistema es perfecto. Todos tienen sus ventajas y desventajas. Pero sin duda preocupa que el sistema que tenemos hoy nos lleve a elegir presidente impopulares (al menos que ganen en primera vuelta).
Si no es el sistema electoral, entonces probablemente será el sistema partidario el que requiere una reforma. Por ejemplo, obligar a los partidos registrados como tales a tener asambleas anuales públicas y a la elección, otra vez pública (con debate y todo), de sus líderes. Públicas ambas para que nos permita, a los electores, conocer a los candidatos y a sus propuestas. Esto no es campaña; es preparación para gobernar.
Así, además, los partidos elegirían líderes que pudiesen atraer el interés del electorado; no más ego-partidos; no más presidentes de por vida; fundadores-candidatos; etc. Varios irían desapareciendo porque las ideas y propuestas irían definiendo líneas ideológicas públicas de las que algunos candidatos y miembros no podrían ocultarse. Otros ser irían afianzando y con el tiempo, seguramente atrayendo más miembros de entre el electorado.
Finalmente, el ganador, si hay que ir a segunda vuelta, será la segunda opción de la mayoría; pero no sería una segunda opción impuesta por las fallas del sistema. Habríamos tenido varias oportunidades para rechazarlos y purgarlos en los años previos.




