Estuve con unos amigos la semana pasada; para las fiestas. Los primeros días con ellos perdí la voz. Tenía un pequeño resfrío que se convirtió en un dolor de garganta y después perdí la voz porque me puse a discutir sobre política con mis amigos. Y en uno que otro momento me entró tal frustración que ajustaba la garganta para hablar; como intentando controlar una ira que sentía desatarse. Por suerte, nos despedimos aún siendo amigos; sin peleas.
Lo que me exaltaba es que con lo que sabemos hoy en día no podemos estar seguros de que el sistema que tenemos hoy funciona. No hace falta ser un genio para darse cuenta el modelo neoliberal (o el capitalista en cualquiera de sus encarnaciones) no ha funcionado para la mayor parte de la humanidad. Que el Perú tiene hoy más pobres que los que tenía en 1990, después de 15 años de políticas de mercado y de políticas sociales residuales (2 millones más si consideramos una caída patética de 3 puntos porcentuales y un aumento poblacional de cerca de 5 millones de personas). O que el mundo en general y en prácticamente todos los países, incluyendo los símbolos del liberalismo, la inequidad ha aumentado desde la mitad del siglo pasado.
Pero esto no significa que yo proponga que la alternativa para el Perú sea el comunismo. ¿Qué pasó con el postmodernismo? ¿Con la idea de que hay más opciones? No tiene que ser lo uno o lo otro. Si estoy en contra del neoliberalismo, me llaman comunista. Si digo que me preocupan los derechos humanos de las comunidades indígenas que viven cerca de Camisea y que han sido afectadas por la extracción y ahora por la comercialización del gas, me llaman comunista. Cuando digo que hay que invertir primero en el desarrollo del capital humano, en la educación, nutrición y salud de los peruanos más pobres y vulnerables, me llaman comunista.
Como si ‘comunista’ fuera un insulto. Pero, más preocupante aún, como si preocuparse por los derechos humanos y los más pobres y vulnerables fuese cosa sólo de comunistas. Este es un error. Primero, porque no hay que ser comunista para preocuparse por los pobres o por los derechos humanos y, segundo, porque el comunismo al que se refieren nunca renunció a los errores de modernidad del capitalismo; y por ende nunca pudo ofrecerle al pobre lo que necesitaba.
Entonces no nos quedemos en ese debate inútil sobre una u otra opción. Ni gastemos tiempo ‘insultando’ a la izquierda con adjetivos que la ‘derecha’ no entiende. Ni caigamos en el vicio de relacionar a la izquierda con populistas o comunistas y a los comunistas con terrorismo como sucedió durante los 90s –cuando la izquierda que ha introducido los conceptos de políticas sociales, el estado de bienestar, el desarrollo sostenido, la independencia económica, los derechos humanos y el desarrollo humano al léxico de los gobiernos a nivel global fue perseguida y desarticulada.
En un año de elecciones, concentrémonos, entonces, en las políticas. ¿No nos gusta Humala? Bueno. Entonces, ¿quién nos gusta? ¿Y por qué nos gusta? Me he pasado los últimos 3 días buscando el plan de gobierno de Unidad Nacional, por ejemplo. No lo encuentro. No sé qué políticas propone Unidad Nacional. Han publicado un ‘plan de gobierno’, pero no encuentro lo que necesito saber. Yo quiero saber cuanto gastaría un eventual gobierno de Unidad Nacional en educación, salud y nutrición. Quiero saber como va a garantizar el acceso a servicios y bienes públicos de calidad. Quiero saber de dónde van a salir los fondos para ello. Hay un documento ahí que habla de órdenes sociales que van del individuo al mundo y de un balance entre el estado y el mercado y fallas de la democracia y la absolución del mercado y de reforma del estado y de reforma del agro y de creer en el mercado. Todo esto esta bien, si eso es lo que cree Unidad Nacional (total, estamos en democracia, o algo así), pero no nos dice nada, en realidad. No me dice qué van a hacer. Si Unidad Nacional tomara el gobierno mañana, no sabrían qué hacer.
Un tío mío, cuando alguna vez jugábamos fulbito, comentó que él sabía dónde había que poner la pelota; pero que su problema era que no sabía cómo ponerla ahí. Entonces, Unidad Nacional (y todos los otros partidos, para ser democráticos en la discusión) se pasan el día diciendo dónde hay que poner la pelota (algunos prefieren el lado derecho, otros el izquierdo y otros un buen patadón por el medio) pero ninguno puede decirnos cómo lo vo a hacer. ¿Le van a pegar con el empeine, con la parte de afuera del chimpún, con los pasadores o mirando a un lado y pateando al otro? ¿Y dónde van a entrenar? ¿Cómo se van a preparar para patear ese penal?
La analogía tiene su límite. Punto. Lo que quiero decir es que si vamos a atacar a Humala porque no nos gustan sus políticas deberíamos atacar a Flores Nano (y a los demás) porque no sabemos lo que van a hacer. Ambos son igual de peligrosos.
Pero, empecé con lo de la insistencia en los opuestos. Y con que me molesta la seguridad con lo que los que defienden el mercado afirman que saben lo que sí funciona. Y la forma en la que enfrentan a la ultra izquierda contra la ultra derecha. Ninguno gobernará bien nunca. Porque los extremos son fundamentalistas y están condenados a radicalizarse y volverse inflexibles e inservibles. El problema con el fundamentalismo (religioso, social, político o económico) es que se le hace cada vez más fácil ver desviaciones del ideal; y con cada una el ideal se hace cada vez más inflexible y estrecho; lo que lleva a más y más desviaciones. Dentro de poco: los que no están conmigo están en mi contra. No se puede gobernar sin alternativas; y no existe ninguna bajo los extremos. Ya hemos pasado por desapariciones y generaciones perdidas en nuestro continente. Basta.
Pero tampoco se puede gobernar sin los extremos. La izquierda, y la derecha, tienen roles que jugar. Sin una o la otra, el centro se mueve irreparablemente hacia el fundamentalismo. En Europa hay una izquierda: con banderas comunistas y todo. Sin la izquierda en los 80s, seguramente habríamos seguido la reforma estructural boliviana impuesta por el Banco Mundial y el Fondo Monetario casi una década antes que en el Perú. No habríamos aprendido de sus errores, y los efectos sobre la estructura social y los pobres del Perú habrían sido aún más devastadores. Sin la derecha seguramente habríamos apostado por un control absoluto estatal sin la capacidad para ello y que habría terminado muy mal; y porque faltó la derecha sufrimos una reforma agraria a medias que se olvidó del mercado.
Entonces, en lugar de perder el tiempo atacando a los extremos o promoviendo absolutos, busquemos a los candidatos que la democracia nos ha regalado para preguntarles sobre las políticas que proponen; qué, cómo, cuándo, etc. El “palito abollador de ideologías”, del que hablaba Mafalda es esta apatía que nos atrapa y nos convierte en jueces sin evidencia; porque condenar es más fácil que preguntar –porque una respuesta llevará a otra pregunta. Sin esa curiosidad e insubordinación intelectual nos volvemos rebaños, robots, pragmáticos, instintivos, individualistas, egoístas y nos condenamos a la tragedia de los comunes (que para los que no saben es la narrativa que dice que dejados a su propio juicio los usuarios de un recurso común son incapaces de colaborar y lo depredan en aras de sus intereses personales y de corto plazo). Las ideologías nos dan visiones del futuro, nos ofrecen principios de comportamiento, morales y normas, nos cuidan el paso y nos acompañan en nuestras decisiones diarias. Pero no son absolutas.
Las ideologías las vamos armando a medida que avanzamos en la vida. Vamos incorporando nuevos eventos y variables que antes no conocíamos. Y en este mundo post-post modernista de la Internet todo tiene un espacio; todo puede encajar. Humala y Lourdes no pueden tener la razón siempre; ni pueden estar equivocados siempre. Si queremos un gobierno democrático e inteligente, ordenado y flexible, moderno y cauto, preocupado por la globalización y el desarrollo local, que promueva el crecimiento y la redistribución, necesitamos un debate entre los opuestos y los que están en el medio. Y de cada uno debemos rescatar lo que sí funciona y descartar lo que no funciona.
Pero sólo vamos a lograr eso haciendo preguntas y dando alternativas a la norma. Si la norma ha sido el mercado libre e irrestricto durante más de una década, ¿por qué nos sorprende la reacción? Y si la reacción existe, ¿por qué no ofrecer una alternativa que signifique un verdadero cambio?




