A lo largo de la historia de nuestras Américas, desde la conquista, en todo caso, una serie de cadenas de explotación se han institucionalizado de manera que han marcado las vidas de todos los habitantes de esta región. Han determinado lo que producimos, lo que comemos, dónde vivimos, cómo nos relacionamos entre nosotros y cómo nos relacionamos con el resto del mundo, entre otros efectos. Estas cadenas de explotación han determinado la dirección y profundidad de nuestro desarrollo; la forma en la que nos gobernamos; el uso que le damos a nuestros recursos; las ideas que tenemos, las que desarrollamos y las que descartamos; y la versión de nuestra historia que aprendemos.

 

Lo que Franck, Cardoso y otros vinieron a denominar la teoría de la dependencia, puede ser un punto de partida para explicar estas cadenas de explotación; y su relación con el tema de la discriminación. En resumen, la teoría de la dependencia sugiere que el crecimiento de la periferia depende del crecimiento del centro. Es decir, el crecimiento de las zonas rurales, dependen del crecimiento de la ciudad; el de los países en desarrollo, del crecimiento de los países industrializados. Esta dependencia significa varias cosas: cuánto se crece, qué produce, a quién le vende, quiénes producen, etc.

 

Por supuesto, en la enormidad del mundo, esta relación centro-periferia puede ocurrir de múltiples maneras, generando, entre otros patrones, cadenas en las que una periferia de un centro es el centro de otra periferia -‘más periférica’; por decirlo de mala manera. Pero, por ejemplo: España era el centro y sus colonias la periferia; pero España (y Portugal) eran la periferia de la Inglaterra que se industrializaba. Las Américas proveían los recursos que España necesitaba para comprar los productos que producían los ingleses. El oro, la plata, en general toda la materia prima extraída de las colonias pasaba brevemente por manos españolas y portuguesas para acabar en los bancos y fábricas inglesas. El crecimiento industrial inglés determinó el crecimiento efímero (de enfermedad holandesa) de las coronas españolas y portuguesas que, a su vez, determinaron la estructura de economía meramente extractiva de las Américas.

 

Lo mismo se observa en la ‘terraformación’ del Caribe en islas de azúcar para endulzar los paladares europeos y norteamericanos. Cuba, la Dominicana y otras islas del caribe se convirtieron en economías enteramente dependientes de un producto. Lo que ahora es la dependencia del plátano en Centro América, el Petroleo en Venezuela (que no siempre fue enemigo de los Estados Unidos), la caña de azúcar en el noreste del Brasil, la plata en Potosí, el mercurio en Huancavelica, el caucho, el guano, etc. No es toda culpa nuestra. El monocultivo y la dependencia de estos productos se da porque eso es todo lo que se nos permitió (mas bien lo que se nos exigió), a través de los procesos de conquista y del sistema de comercio global, producir y comerciar.

 

La crítica a la teoría de la dependencia pasa, no por el análisis, sino las soluciones ofrecidas. Al igual que los modernistas de ambos lados del espectro político, los ‘dependentistas’ sugirieron, en la lógica de un mundo pre-post-moderno, que la solución era la modernización de la periferia: la industrialización del campo; y la desvinculación del centro; que en un mundo globalizado resulta, aunque interesante, una sugerencia algo inocente e imposible.

 

En estas cadenas existen, como en todas las cadenas, intermediarios. Personas, grupos o instituciones (formales e informales) que ofrecen el servicio de nexo entre la periferia y el centro. En la América colonial, estos eran los españoles viviendo en las colonias. En la América republicana, son las élites económicas y políticas. Pero estas élites son, ni siquiera intermediarios sino que además, en muchos casos, simplemente ‘rentan’ ese rol. Son funcionarios de empresas extranjeras (de las que no son dueños) o dependen de las cadenas comerciales extranjeras y juegan el papel de intermediarios pero no tienen ningún control sobre los términos de intermediación.

 

Con el crecimiento de la sociedad de consumo, los intermediaros tradicionales, las élites han perdido el monopolio, y con ello parte de su poder. Ahora más personas pueden jugar ese rol (aún sin controlar los términos de intermediación): al comprar productos por Internet en empresas extranjeras o al comprar bienes o servicios de empresas extrajeras actuamos como intermediaros de la explotación de nuestros recursos. Pero son pocos los que pueden comprar en el Perú, así que la cosa no cambia de gran manera.

 

Pero el problema de la masa desorganizada es justamente la ventaja de los poderosos, que sí están organizados y en control de la cadena de explotación. El ejemplo más claro es la diferencia entre los proveedores de café a Nestle y los proveedores de café a empresas que usan el logo de FairTrade. Mientras que Nestle se beneficia de la desorganización de miles de pequeños productores para negociar precios por debajo del costo de producción; los agricultores organizados en asociaciones y cooperativas reciben un precio justo que cubre sus costos y les permite alcanzar un nivel de vida decente. En ese proceso, la explotación de la tierra se ve compensada, en la medida de lo posible, por un pago justo por el trabajo y por el producto. El mayor precio le permite al agricultor re-invertir y no depredar; un menor precio los obligaría a cortar costos por donde sea llevando, en muchos casos, a un mal uso de los recursos y a su depredación.

 

Sin control sobre los términos, nuestro desarrollo depende de lo que nos permite la metrópoli, el centro. Con mayor control, recuperamos la libertad de decidir la dirección que queremos tomar.

 

La dependencia no es solamente económica –ni es esta su más terrible forma. La peor dependencia es intelectual. Es la idea de que las ideas de afuera son mejores. Que hay que salir para aprender. Que el experto internacional o que el empresario internacional sabe más. Que necesitamos ayuda para salir adelante. Hoy nos alimentamos de la imagen de desarrollo importada (como parte de la cadena de explotación –es lo que nos mantiene contentos) desde Estados Unidos y Europa. Creemos que allá (en Londres, por ejemplo) todo es mejor. Que en Estados Unidos sí funcionan las cosas.

 

Me acuerdo cuando hacia finales de los noventa todavía algunos defendían las políticas de Fujimori y entre sus argumentos usaban “ahora podemos comprar en McDonalds y Burger King”. Pero ese ‘desarrollo’ es el que hace que 1 de cada 3 niños en Estados Unidos sea clínicamente obeso –en Dallas es la mitad de la población. Nos hemos vuelto dependientes de las ideas de otros. Nos olvidamos que somos exportadores de ideas e innovaciones que han sido adoptadas por el resto del mundo: los gobiernos y presupuestos participativos de Villa el Salvador y Porto Alegre (Brasil), el sistema de construcción de auto-ayuda que se inició en Arequipa y que ha sido promovido a nivel mundial, la pedagogía de los oprimidos de Paulo Freire que se transformó en procesos participativos de cambio, los movimientos sociales que han sido pioneros en la literatura y estudios de la sociedad civil, y la misma teoría de la dependencia que influyó el pensamiento de muchos.

 

Del Perú es el sombrero de Panamá y del Perú es el cajón. En el Perú podemos crear. Pero estos ejemplos son solamente caprichos; hipos del sistema. La cadena de la explotación se rompe cuando dejamos de obedecer instintivamente. Cuando, colectivamente, pensamos que es mejor para nuestro país. Para los que se encuentran en la base de la cadena. Los que ofrecen más labor al menor precio. Cuando dejamos de discriminar y nos damos cuenta que tenemos más en común con el que nos sirve (sea donde sea que estés en la escala política, económica y social del Perú) de lo que tenemos con el que servimos. En especial con los que controlan la cadena de explotación.

 

Este es el argumento para regresar al G20+, o buscar la unión sudamericana como prerrequisito a la negociación de acuerdos comerciales con los Estados Unidos o Europa, o de establecer lazos más sólidos con África y Asia (empecemos por aprender sus historias, en especial sus historias coloniales). Este es el argumento para darle mayor espacio a los investigadores y a la sociedad civil en los medios de prensa y en los procesos políticos, o para dejar de buscar expertos en el extranjero e invertir en peruanos, o para poner a la vida de las poblaciones indígenas, a los niños más pobres, al campesino, al trabajador, a la persona discapacitada y demás grupos vulnerables por encima de los intereses económicos de otros países. Este es el argumento para invertir en el cine nacional, en el teatro nacional, en museos y escuelas de arte, o en la academia y la investigación económica y social en búsqueda de nuevas teorías y formas de entender el mundo, o en la educación bilingüe de las poblaciones quechuas y aymaras y en la defensa de las múltiples identidades que existen en el Perú. A la larga, la independencia es mejor para todos.