Tres noticias sobre el Perú han llegado a Londres esta semana: Primero, el concurso de belleza del Penal de Santa Mónica, en el que las principales concursantes son las burriers de “México, Paraguay y Holanda”. La segunda fue una nota sobre el turrón más grande del mundo que prepararon en Lima. Se perdió bastante en la traducción porque acá no saben lo que es un turrón de doña pepa y lo reportaron como que habían preparado un postre cualquiera.

 

La tercera es la condena de Abimael Guzmán a cadena perpetua. En 1983, en Lucanamarca, Sendero llevó a cabo unos juicios informales en los que acusó y condenó a los pobladores que trabajaban con o para el gobierno. Fueron ajusticiados sin justicia. En los 90s, le tocó al gobierno armar el show con juicios ilegales que llevaron a la condena de incontables inocentes. Después, hemos tenido que recoger los pedazos que quedaron de nuestra ley y llevar a los culpables frente a la justicia. Faltan muchos; muchos que se ocultan en las instituciones que los defendieron entonces, y otros que se ocultan en ‘el fin justifica los medios’. Pero al final, la muerte, al menos, los alcanzará a todos.

 

El mundo es un pañuelo. Es increíblemente diverso pero tan parecido por debajo de la superficie. Las burriers son solo una ficha más en el juego de las drogas. Es ‘occidente’ (o el norte o los países desarrollados) los que finalmente financian a los narcotraficantes y a los militares que los combaten. La Guerra que se pelea en Colombia, Perú, Bolivia y Afganistán la financian en Estados Unidos y Europa. Pagan por los dos bandos. Y los necesitan. Sin los narcotraficantes no hay drogas (par alas que hay demanda) ni coimas. Y sin soldados no hay ventas de aviones y armamento (que mantiene a las economías de este mundo desarrollado respirando).

 

La condena de Abimael hace pensar en algo que pasa hoy en el Reino Unido y en Estados Unidos. En respuesta a los ataques de Sendero, el gobierno peruano resolvió olvidarse de y después remover las libertades personales y los derechos humanos (políticos, civiles, sociales, económicos) de los peruanos. La respuesta generó un vacío legal y moral del que no nos recuperamos todavía. Lo mismo ha sucedido, sistemáticamente, desde los ataques del 11 de septiembre en Nueva York. Año tras año el gobierno de Blair ha introducido leyes anti-terroristas que hacen del proceso legal un chiste y han mandado al Reino Unido a los años en los que el debido proceso era cosa de cuentos de hadas.

 

Resulta interesante mirar como poco a poco se parecen más a nosotros (en lugar de nosotros parecernos más a ellos). Inevitablemente, llegará el momento en el que el sistema no podrá soportar aguantar más abusos y colapsara sobre unas columnas podridas y carcomidas por la codicia del poder absoluto. Somos pioneros.