En sólo veinte días dos importantes noticias se dieron a conocer en el ámbito financiero y económico mundial: el 14 de diciembre del 2005 el Gobierno del Presidente Inácio Lula da Silva canceló la totalidad de su deuda con el FMI (alrededor de US$ 15,500 millones) y el 5 enero del 2006 el Presidente Néstor Kirchner oficializó, a pesar de representar la pérdida de un tercio de sus reservas internacionales netas (RIN), el pago adelantado de US$ 9,535 millones al mismo organismo financiero.
Estos hechos, hasta hace poco impensables para la gran mayoría de ministros de economía y/o finanzas de América Latina, son un fiel reflejo de la buena situación económica de las más grandes economías de la región que se explica principalmente por el incremento en la demanda local en dichos mercados y los altos precios internacionales de los commodities y materias primas, productos que conforman un gran porcentaje de las exportaciones de los países latinoamericanos. En efecto y según el Banco Central de Brasil, la balanza comercial brasilera en el 2005 se mostró superavitaria en más de US$ 45,000 millones. Asimismo y de acuerdo al World Economic Outlook del FMI, Brasil creció en 0.5% y 4.9% en los años 2003 y 2004, respectivamente, anticipándose un crecimiento de 3.3% para el 2005 y de 3.5% para el 2006. Argentina no es la excepción de esta tendencia en la región: según el mismo reporte, el PBI real de Argentina creció 8.8% y 9.0% en los años 2003 y 2004, esperándose un crecimiento de 7.5% para el 2005 y 4.2% para el 2006.
Sin embargo, los analistas y los hacedores de política a nivel regional y global han tomado, por calificarlo de alguna manera, con cautela estas decisiones totalmente soberanas de los países. Ellos argumentan que existe un peligro que los gobiernos a partir de este momento se inclinen a aplicar políticas de corte populista que, como la historia económica ha registrado, trajo resultados nefastos para la región. ¿Cómo así? Se objeta que ahora que estos dos países han cumplido sus obligaciones/compromisos financieros con el FMI ya no estarían sujetos a los consejos, políticas y condicionamientos asociados con los préstamos y que básicamente involucran la aplicación de políticas que redunden en un manejo prudente de la economía. Asimismo, en una economía mundial tan globalizada, la elevación del riesgo país –índice muy utilizado para decisiones de inversión en las principales empresas multinacionales– haría que la desviación de inversión extranjera directa hacia otras zonas del planeta haga que el efecto sea perjudicial para América Latina en su conjunto. Finalmente, no se debe de dejar de mencionar el factor político, ahora que la región gradualmente se inclina a gobiernos donde las políticas liberales originadas en el Consenso de Washington no tendrían cabida o eco tras la elección de gobiernos con tendencias “hacia la izquierda” en Brasil, Argentina, Uruguay, Venezuela, Bolivia, la histórica Cuba y quizás en algunos días en Chile con la proclamación como presidente de la candidata Michelle Bachelet como lo sugieren las más recientes encuestas.
Soy un convencido que este no es el camino para el Perú y, por lo tanto, no debe alejarse del FMI en la misma manera que lo ha hecho Brasil y Argentina. Debemos recordar que en la actualidad la relación entre el país y el organismo financiero es de cooperación estrecha y supervisión más no de “dictamiento” o “imposición” de determinadas políticas y así es como se debe mantener. ¿Por qué? El principal argumento que sustenta mi punto de vista lo tomo de la arena política. Existiendo la posibilidad real que un candidato como Alan García salga elegido en las elecciones presidenciales de abril del 2006 y que volvamos a pasar por un gobierno caracterizado por un despilfarro fiscal que signifique enormes déficit fiscales y la dilapidación de las RIN, la presencia no sólo del FMI sino también del Banco Mundial serviría como “mecanismo de desincentivo” ante eventuales políticas que alejen al gobierno de turno de un manejo prudente de la economía. Más aún, el sorpresivo aumento en la intención de voto del candidato Ollanta Humala con sus publicitadas políticas que significarían el retorno a una economía de corte nacionalista no hace más que confirmar la necesidad de contar –aún por un cierto periodo adicional de tiempo hasta alcanzar algún tipo de madurez– como aliados con ambos organismos internacionales. Sólo así el país tendrá el camino allanado para que los beneficios de los resultados macroeconómicos comiencen a sentirse realmente en el bolsillo de todos.




