La semana pasada el mundo vivió otra semana más de terror, de angustia, de inseguridad. El terrorismo demostró una vez más la vulnerabilidad del ser humano y esa delgada línea que divide el estoy aquí del ya pasé a mejor vida. El terror hizo una vez más de las suyas y esta vez otro de los aliados a favor de la guerra americana contra Irak pagó los platos rotos.
Y a los peruanos quizás en vez de sorprendernos nos hizo recordar. Nos hizo volver a pensar, en fracciones de segundo, acerca de cómo nosotros pasamos también por lo mismo. De cómo las pequeñas dosis de muerte rondaban en nuestro espacio. De cómo el terror se manejaba para lograr su objetivo y crear miedo e inseguridad. Quizás por esto a nosotros nos afecta un poco más el escuchar noticias como ésta porque ya pasamos por eso, aunque por distintas causas, y eso es muy importante de mencionar.
¿Qué es lo que ocasiona un atentado como el de Londres? ¿Qué tan necesaria es la ocupación de Irak? ¿Cuál será el siguiente aliado en soportar los embates del terror? Quizás éstas sean las preguntas que deberían estar tratando de responder los verdaderos responsables de las reacciones terroristas. Al menos yo, personalmente, no sé la respuesta.
Lo único que me queda claro es que son estos los momentos en los que quizás con cierta irónica sonrisa agradecemos a nuestro actual Presidente el no seguir los pasos de alguno de sus antecesores, y en heroica e hidalga posición solidarizarse con Gringolandia y declararle también la guerra a Irak. No sólo sería estúpido (una vez más), sino que tampoco quisiéramos volver ni por un segundo a lo de antes, a ser presas del terror. Por más lamentable que sea y por más que expresemos nuestra solidaridad con los atentados internacionales, en nuestro caso de lejitos es siempre mejor.




