El viernes fui a ver State of Fear, un documental basado en los descubrimientos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) presentado como parte del Human Rights Watch Film Festival en Londres (que el año pasado presentó Días de Santiago de Josué Mendez). El documental sigue a algunos de los comisionados (Carlos Iván Degregori, Sofía Macher y Beatriz Alva Hart), sus historias personales así como las historias de varias de las víctimas y uno de los ‘perpetradores’, a lo largo de casi 25 años desde los inicios de la violencia política hasta la caída de Fujimori y el establecimiento de la CVR. Considera, además, las opiniones de Gustavo Gorriti y Benedicto Jiménez, entre otras personas.
El documental es bueno y recomendable. Es un reto, sin duda cubrir un periodo tan amplio en el que se sucedieron tantos hechos –en especial si se busca balancear los procesos políticos con los personales. Para una persona ajena al proceso resulta una ilustración bastante completa. Para alguien que se acuerda (por lo menos de las noticias) resulta algo incompleto.
Si alguien ha leído el reporte de la CVR –pero en especial si han leído las transcripciones de las audiencias públicas en la página web- puede darse cuenta que uno de sus mayores logros fue darles voz a las víctimas. La CVR re-escribió la historia reciente del Perú desde el punto de vista de las víctimas y le dio, en ese espacio, un rol primordial a las mujeres que soportaron gran parte del peso de la violencia política. Este componente de género ha sido considerado como innovador y revolucionario entre los expertos de derechos humanos y aquellos dedicados a la implementación de comisiones de la verdad en lugares tan diversos como en África y en Asia (en Camboya, por ejemplo).
El documental retoma esas experiencias y les da imágenes para que acompañen las historias. Relata como Sendero secuestraba a niños y los obligaba a matar y perpetrar actos de violencia; como el ejército torturó y mató de manera indiscriminada a familias y comunidades enteras; como los campesinos e indígenas peruanos fueron movilizados por ambos bandos y convertidos en carne de cañón. Dibuja un panorama paralelo a la guerra contra el terror que libra, hoy en día, George Bush y compañía. A veces, uno piensa que podríamos cambia ‘Fujimori’ por ‘Bush’ y no habría ninguna diferencia.
Degregori y Macher ofrecen una narración inspiradora y ecuánime del proceso. Como las estrategias de ambos bandos se fueron desarrollando y radicalizando –Sendero con su ideología y uso de violencia; y el Estado con su solución militar y el desmoronamiento del Estado de Derecho. El rol de la sociedad civil, primero como observador y monitor de la violencia que permanecía olvidada y después como defensor del estado de derecho, queda ilustrado claramente por el documental.
Pero quedan varios cabos sueltos. No hay mención de los efectos de la Guerra contra las Drogas impuesta por Estados Unidos sobre el Perú. Ni de la alianza entre el narcotráfico y Sendero – y, después, con el gobierno y las fuerzas armadas de Fujimori. No menciona tampoco que mientras Fujimori destruía el Estado de Derecho, Washington lo miraba con buenos ojos y lo defendió sin dudas.
Durante la sesión de Preguntas y Respuestas, los directores afirmaron, inclusive, que este era un conflicto enteramente peruano, sin influencia alguna del exterior. Pero eso es negar la historia contemporánea Americana y el efecto de los Estados Unidos y sus campañas de control en la región desde la Guerra con España y la ocupación de México. O la influencia ideológica de Sendero o el uso de armamento e inteligencia extranjera en las operaciones militares. Pareciera que para los directores, no valía la pena hacer explícitos los paralelos con los Estados Unidos –ya han tenido suficientes problemas tratando de pasar el documental en la T.V. de ese país.
Resulta importante, sin embargo, rescatar algunas lecciones:
La violencia se controló, no por la erosión de nuestros derechos ni por la solución militar sino por el trabajo de inteligencia de la policía peruana. Y la pacificación del Perú tiene que seguir los pasos y los intentos de la sociedad civil de traer a todos a la mesa de reconciliación (aunque yo hubiese preferido el término justicia). Queda mucho por hacer. En especial, no olvidar a las víctimas y reconocer que se les debe más que un reporte. Se les debe justicia y acción.
En este año electoral se ha hablado poco o nada sobre ellas. El debate sobre Camisea se diluyó en discusiones sobre los contratos y la evidencia técnica de fallas o malos manejos; olvidándose casi a propósito de las víctimas. De las comunidades que han sufrido a costa de la violencia política y económica impartida desde Lima.
Caemos en el riesgo de cometer los mismos errores que tanto ha querido resaltar la CVR. La forma en la permanecimos, en Lima, en casi completa ignorancia sobre la realidad de nuestros compatriotas en zonas rurales y alejadas. Que viven realidades y formas de vidas distintas pero igualmente valiosas e importantes para el Perú. A los que les debemos el territorio que tenemos hoy y la cultura (comida, música, arte) que tanto orgullo nos da.
Más allá de si el documental es bueno o no, vale la pena re-leer (o leer por primera vez) el reporte de la comisión. Y más aún leer las transcripciones de las audiencias. Únicas en el mundo y recuentos de una realidad que nunca más podemos ni debemos ignorar.




